Cap. 2. "Un hilo de sangre"
Capítulo 2
Las grandes mutaciones literarias
y el nacimiento de la literatura moderna
La literatura es el resultado superior de la evolución del lenguaje humano.
Es el medio para la expresión del pensamiento, para la conservación y la comunicación del conocimiento, para la contemplación de nuevas visiones en la exploración de los misterios de la naturaleza humana y en los esfuerzos por desvelar los secretos del universo y sus leyes. Y, por supuesto, para la expresión de la belleza.
Como el Homo-Humano, la cultura, el lenguaje y la literatura han evolucionado con él y, al igual que sucede con los fenómenos de la genética biológica, en la literatura como en los lenguajes y formas de expresión humana operan procesos de evolución y se producen cambios y mutaciones que generan nuevas formas y expresiones mediante las cuales se logran adaptaciones para enfrentar y resolver los problemas, las necesidades y las circunstancias que, la dinámica del cambio constante de la naturaleza, del planeta y de su propia cultura, le exigen.
Tomando lo anterior como punto de partida, se podría pensar en utilizar, de manera libre e imaginativa, algo de la metodología de la genética biológica y proponer algunas hipótesis descabelladas de genética y evolución literaria, tal y como han sido ya propuestas para la evolución cultural.
Propongo la idea de que existe un genoma literario que evoluciona y muta, generando y produciendo fenómenos y resultados concretos, comprobables y estudiables, como aquellos que se estudian en los seres vivos y sus relaciones.
Para efectos del estudio de una genética literaria, como en la genética biológica, es necesario plantear que los diversos elementos que conforman una obra literaria son, en principio, “un mecanismo biológico”, tal y como lo propone el genetista Luigi Luca Cavalli Sforza, con forma y contenido, que evoluciona y muta de diversas maneras, de una generación a otra, con mayores o menores transformaciones, generando la aparición de nuevas o diversas formas y contenidos literarios que, sin dejar de ser hijos de sus padres, son diferentes y únicos.
Podría decirse entonces que, en las obras literarias, se presentan e integran elementos, motivos y cualidades que provienen de la naturaleza, bien, de un original y primordial material o, bien, que han sido injertados de otras obras anteriores, y, los cuales, actúan como códigos genéticos que, a medida que evolucionan y mutan, se van transformando o adaptando para, con ellos, crear nuevas y originales obras literarias. Estos elementos, motivos y cualidades, así como sus características son posibles de identificar, analizar, diferenciar y proyectar.
Se puede pensar que, por similitud, ese es el mismo objetivo que se busca cuando se estudia la evolución de la filosofía, la ideología, la psicología, la sociología, la teología, la historia, en fin, de todos los inventos del Homo-Humano.
O, para estudiar la poesía, la narrativa, el teatro, etc.
O, con mayor similitud, ese es el objeto de los estudios de la morfología, la lingüística, la filología, etc., sobre las culturas y los lenguajes.
Estas últimas son las ciencias y artes que estudian las manifestaciones y expresiones del Homo-Humano y las obras que crea, con el fin de establecer y esclarecer las incidencias, más complejas y profundas o más sencillas y superficiales, con las que tanto las culturas como los lenguajes, afectan sus desarrollos, evoluciones y mutaciones.
En términos generales, culturas y lenguajes, son el resultado de la combinación, mezcla y amalgama de una inconmensurable cantidad de elementos que, en condiciones ilimitadas, se desarrollan y actúan, aleatoria y simultáneamente.
Sin embargo, para efectos de estudio y método, es necesario partir de aislar un sector de esa compleja realidad para analizarlo, lo más ajustadamente posible, en la totalidad de su contexto.
De esta manera es posible, entonces, realizar el análisis de una obra literaria, única, que hace parte de una especie común, conectada con otras especies que le son familiares y que, a su vez, comparten, en diferentes grados y niveles, el mismo contexto y características.
Por supuesto, en el campo de las ciencias literarias ya existen y con gran propiedad, todo tipo de estudios relacionados con la filología, la lingüística, el formalismo y, hasta con una especie de genética, que se proponen desvelar esa maraña de relaciones de las obras literarias entre sí, desde distintos puntos de partida o de vista como, por ejemplo, los estudios de Gérard Genette sobre la transtextualidad (1) y muchos otros similares, anteriores y posteriores.
Ello, sin olvidar aquellos otros que estudian la poética y la estética de las obras de arte y, en medio de los cuales, esta genética literaria no sería otra cosa que una novelería más, un juguete nuevo, con el cual los LECTORES LUDI puedan jugar con sus lecturas, demostrándose a sí mismos que la literatura, al fin y al cabo, es algo único, fascinante y, por qué no, de infinitas potencialidades y posibilidades de juego y gozo.
Además de ser un delicioso elixir para la salud y el bienestar mental y fisiológico, como bien lo pueden comprobar los Maestros LECTORES LUDI.
Bien, continuando con el asunto y, como ejemplo, empiezo por tomar la afirmación que hace Harold Bloom, quien atribuye a las obras y personajes de Shakespeare y Cervantes, una naturaleza psicológica particular y particularizable, la que puede ser definida, establecida y estudiada, como si se tratara de individuos específicos.
Este objeto/sujeto literario, con características psicológicas y mentales tan propias como las de un humano, es el resultado de los aportes de la naturaleza genial y de los ámbitos culturales y lingüísticos de sus autores, ámbitos que, al mismo tiempo y consecuentemente, han creado y afectan, influencian y determinan, no sólo en su presente, si no también el futuro.
Esto es lo que dice Harold Bloom:
"Podemos establecer, creo, el principio de que el cambio, ese ahondamiento e internalización de sí mismo, es absolutamente antitético si comparamos a Shakespeare con Cervantes. Sancho y don Quijote desarrollan personalidades nuevas y variadas escuchándose uno al otro; Falstaff y Hamlet levan a cabo el mismo proceso escuchándose a sí mismos" (2).
Se podría pensar que el genoma literario del que descienden los personajes y situaciones de Shakespeare y de aquellos que de él descienden, provendrían de una cepa común que, remontándose en el pasado, nos lleva a la cara introspectiva de la cultura latina: al San Agustín de Las confesiones, primera evidencia del yo interior narrado. A Petrarca y a Dante que han cribado a Virgilio y a Agustín, imitándolos, evolucionándolos o mutándolos, a través de sus controversias y admiraciones.
¿Será de ellos y el espíritu del Renacimiento, de donde Shakespeare obtiene esa iluminación que le permite crear ese Yo interior, reflexivo y monologante, en el cual se inspira toda la psicología posterior, como la que Bloom describe para los ingleses y nórdicos, en general?
O, en el caso de Cervantes, ¿será que el genoma cervantino habría sido modificado por un toque diferente y adicional al de la cultura latina, aquella de la cara extrovertida del al-Andalus, de su ascendencia mora y judía, de la que el propio Cervantes fuera su víctima, tanto durante su cautiverio como siendo habitante de la España de su tiempo. Genomas mutados a partir de los cuales son creados esos Yo dialogantes que son don Quijote y Sancho?
Doctores tiene la sacrosanta crítica literaria.
Ahora bien, en el estudio del genoma literario, también existen otros elementos que participan en la naturaleza y características de las obras literarias, más directamente detectables e identificables: las herencias, las migraciones, las mutaciones, etc.
Por ejemplo, en el caso de la herencia. Herencia que se manifiesta por un proceso de influencias o fusiones, que es lo más común en la historia de la literatura o por los resultados de injertos deliberados que generan obras literarias particulares o paródicas.
Pero, en general, salvo casos especiales, la herencia literaria es la conjunción de ambos procesos, a veces con la posibilidad de diferenciar los aportes específicos de cada uno de los aportantes y que, finalmente, hacen parte de la evolución y la mutación de los genomas.
Como ejemplo de la herencia por influencias y fusiones que se van extendiendo por un largo período, continuemos con la cita de Harold Bloom:
"Los novelistas mayores de Occidente deben tanto a Shakespeare como a Cervantes. El Ahab, de Melville, protagonista de Moby Dick, no tiene un Sancho; está tan aislado como Hamlet o Macbeth. Tampoco lo tiene Emma Bovary, quijotesca por demás, y en última instancia muere de escucharse a sí misma. El hallazgo de un Sancho en Jim salva a Huckleberry Finn de marchitarse gloriosamente en el aire de la soledad. Si tomamos a Dostoievski, el Raskolnikov de Crimen y castigo se enfrenta con lo que podría definirse como un anti-Sancho en la figura del nihilista Svidrigáilov; y el príncipe Mishkin de El idiota debe mucho a la noble "locura" del Quijote. Mann, muy consciente de la deuda, repite deliberadamente el homenaje que rindieran a Cervantes tanto el poeta Goethe como Sigmund Freud" (3).
Un segundo ejemplo de herencias extendidas en el tiempo, generadoras de nuevas obras, podrían ser las diversas interpretaciones y versiones, unas más directas y sustanciales que otras, y con las cuales, escritores y poetas de épocas y lugares distintos, han re-creado temas, asuntos o personajes anteriores.
Un ejemplo de ello es: el mito de Fausto, cuyas versiones, en orden cronológico, más conocidas son las de Marlowe: La trágica historia del doctor Fausto, de 1588, que sigue el mito de la Historia de Fausten, de Johann Spiesz, de 1587; la de Goethe y Doctor Faustus, de Thomas Mann.
Por otra parte, los casos de injertos deliberados son muchos, unos más puros o artificiales que otros, así, simultáneamente, sean portadores de herencias por influencia o fusión, en distintos grados.
Como adelante intentaré una búsqueda, más que de los genomas literarios de los que descienden algunos troncos de la literatura de Occidente, de las mutaciones que la han transformado, no me extenderé ahora sobre el tema.
Los siguientes son ejemplos ilustrativos sobre cómo podrían establecerse árboles o códigos genéticos literarios:
Remito, en primer lugar, a mi LECTOR LUDI-18 (4) y al capítulo 4 de este libro, en los cuales trato sobre el genoma: Bartleby + Barnabooth = Bartlebooth, de Herman Melville, Valery Larbaud y Georges Perec, respectivamente y, en el cual, hice una primera aproximación al tema, al igual que a otros de mis escritos sobre esos asuntos particulares, el cual es el tema del siguiente capítulo.
Otro ejemplo, de similar precisión e ilustración de herencia por injertos, es el realizado por Thomas Mann, quien en su tetralogía, José y sus hermanos, además de la historia misma narrada en el Pentateuco, toma los personajes originales y los mezcla en su retorta creativa con otros elementos de las mitologías mediterráneas, para crear una obra asombrosa que, al mismo tiempo, trata de interpretar la tragedia que sufrió la humanidad durante la primera mitad del siglo XX.
Pero Thomas Mann no ha sido ni el primero ni el último en inspirarse o en tomar de La Biblia, judía o cristiana, Antiguo o Nuevo Testamento, sus mitos, personajes, temas, tonos, estructuras, etc., como materia prima de sus obras.
Como hipótesis descabellada, La Biblia, al igual que los otros Libros fundadores de las grandes cosmogonías culturales, pueden considerarse como un gran genoma en la que ya están manifiestos la casi totalidad, sino la totalidad, de los genes de la herencia que han marcado la evolución de la historia de la literatura Occidental y, en general, de la literatura universal. Este asunto ha sido ampliamente demostrado por los especialistas, en diversas ciencias, de las culturas y civilizaciones antiguas.
Al fin y al cabo, todos estos grandes Libros, así como las culturas que los generaron, están emparentados, en mayor o menor grado, tanto biológicamente como en el origen y evolución de sus mitologías, cosmogonías y culturas.
Y, un tercer ejemplo, un poco más misterioso y mucho mejor documentado.
En 2002, el profesor Guillermo Sánchez Trujillo, empezó a publicar los resultados de su investigación a la que se dedicó con perseverante esfuerzo por más de veinte años.
Es una investigación que considero precursora y ejemplar para la genética literaria que propongo, porque, al mismo tiempo que logró descubrir "de dónde sacaba Kafka sus historias" (5), lo que había sido su curiosidad inicial, propone la demostración más importante, a la que yo llamaría su hipótesis descabellada:
Demuestra la existencia de las conexiones y las relaciones genéticas, directas y demostrables que se presentan entre Crimen y castigo, de Fiódor Mijáilovich Dostoievski, con El proceso, de Franz Kafka.
Demuestra que Franz Kafka toma de Crimen y castigo importantes materiales para construir su novela, El proceso. Igualmente, establece las líneas de consanguinidad literaria que emparentan a los personajes protagónicos, Raskolnikov y Josef K.
Sobre el tema de la investigación de Guillermo Sánchez Trujillo, Kafka y más con sobre genética kafkiana, he tratado en otros escritos.
En fin, así como lo hacen los estudios de la genética y de la herencia biológica, en el estudio de la evolución y la genética literaria, también debe partirse de la existencia de ascendientes que, a su vez, producen descendientes y que, aleatoriamente en ese proceso, se presentan eventos fortuitos o factores detonantes que desencadenan en mutaciones literarias.
Como lo dijera hace dos mil quinientos años, Heráclito, el filósofo de la naturaleza:
“Nos bañamos en el mismo río y, sin embargo, no es el mismo; somos los mismos y no somos los mismos”.
Será del caso, ahora, emprender un breve viaje por la antigüedad para buscar a los antepasados y descubrir los fenómenos que han afectado el desarrollo de la literatura.
Retrocediendo en el tiempo, vamos a emprender la búsqueda de los ascendientes del genoma literario occidental y de las mutaciones que lo han afectado.
Voy a remontarme al momento en el cual se generan aquellas culturas y obras, a las que, comúnmente, se ha considerado como su fuente y origen.
Se ha dicho y probado que son los poemas épicos de Homero, Iliada y Odisea, en los que nace la literatura de Occidente.
En principio, ello no debiera suscitar discusión alguna, salvo si se piensa que, como en la genética biológica, hubo antes un genoma literario ascendiente que, en algún momento, en circunstancias y condiciones especiales, mutó para crear un nuevo tronco o troncos descendientes.
En uno de esos troncos se producen esos poemas, los mismos que, a su vez, serán la materia prima para las nuevas generaciones y mutaciones culturales y literarias que evolucionarán en los siguientes siglos.
Es necesario, entonces, emprender una exploración, así sea rápida, hasta esos antecedentes griegos de la literatura de Occidente, con el fin de proponer mis hipótesis descabelladas.
Sin embargo, las dificultades aparecen desde el inicio del viaje.
En primer lugar y como lo advierte el helenista de Cambridge, G. S. Kirk (6), parece ser que los griegos tuvieron especial cuidado, no se sabe, si en borrar las huellas anteriores o en conservar de la literatura del pasado sólo aquello que se consideraba perfecto; ellos aplicaron una especie de eugenesia en su cultura y literatura.
Sin embargo, los especialistas de diversas ciencias de la cultura y las civilizaciones han demostrado que nada queda oculto bajo el sol y que tanto la cultura griega como los poemas homéricos están directamente conectados con las culturas y civilizaciones precedentes situadas al Oriente, tal y como lo hace Walter Burkert (7) al estudiar la presencia de la épica acadia, egipcia, babilónica, mesopotámica, sumeria, etc., en la épica griega, en los poemas homéricos y en el surgimiento de la filosofía y las otras manifestaciones culturales en Grecia.
En tal consideración de perfección debieron tener los griegos a los poemas homéricos que, como lo ha demostrado la historia, llegaron a ser de vital importancia para su cultura y su formación como pueblos, pues, a partir de ellos, condicionaron su desarrollo cultural, social, político, religioso y económico, como puede apreciarse en la historia de Grecia y de sus Ciudades-Estado, durante el período que abarca desde el siglo VIII a. C., momento que se considera aparecieron los poemas, hasta el siglo V a. C., cuando se presenta la emergencia de lo que se ha llamado: “Siglo de Pericles”.
Ese será el momento definitivo, ese momento extraordinario, en el que se presentan las circunstancias y condiciones adecuadas para que se suceda una gran mutación cultural y literaria.
Mutación que se manifestará en todos los estratos y estados de la civilización griega, generando una nueva visión de sí mismos y del mundo, la que se pone de manifiesto en la totalidad de su vida y obras.
Son, esa visión y esas obras, las que helénicos y romanos tomaron y luego transmitieron a las generaciones culturales que les siguieron y que se proyectan hasta nuestro tiempo, las que se convierten en portadoras de los genes ascendientes que influirán los desarrollos consecuentes de la cultura occidental, con sus luces y sombras, sus altos y bajos.
Sin embargo, el gen griego no es un gen puro y único, es el resultante de violentas mezclas, combinaciones y mutaciones previas que en él se consolidan y se transforman en generadores y reproductores.
Para explorar estos remotos orígenes, es necesario remontarse más atrás en la historia y buscar aquellos otros genes ascendientes que incidieron de manera determinante en la genética y evolución de la cultura y de la literatura de los propios griegos.
Se sabe que es sólo de los egipcios de quienes se conservan los más antiguos textos escritos de una literatura, narrativa y en prosa, propiamente dicha, diferente a otro tipo de escritos, como los textos religiosos, científicos, administrativos o jurídicos, más comunes en su escritura jeroglífica.
Esas primeras narraciones egipcias en prosa están fechadas en los tiempos del Imperio Medio, veinte siglos antes del año cero de nuestra era y anteriores a otros poemas narrativos hindúes o de las culturas del Medio Oriente y, posiblemente, del Mediterráneo Oriental.
Esas narraciones son los cuentos: La historia del náufrago, La historia de Sinué y El cuento de los dos hermanos.
Esos relatos debieron ser conocidos por los minoicos, quienes mantenían relaciones comerciales con los egipcios antes que los micénicos los conquistaran.
De Minos y ya con la inserción de sus propias "bases" o elementos genéticos literarios, son transmitidos a Troya para influir en el muy posterior desarrollo de la literatura griega, desde Homero y hasta la expansión helénica.
Sobre la civilización y cultura minoica y sus influencias trata el LECTOR LUDI-49 (8) y el Apéndice 1 de este libro.
Brevemente, esa historia está determinada por varias convergencias y conjunciones violentas:
Se conoce que, desde antes a 1600 a. C., el idioma griego comenzó a formarse en la cuenca del Egeo: el Peloponeso, Anatolia y las islas de Creta, Rodas, a partir de las lenguas de pueblos provenientes desde el Asia Menor, el Oriente Cercano y el Norte de África y como consecuencia de migraciones y transculturaciones de grupos indoeuropeos que, a su vez, procedían del norte de Europa y de Asia.
Fue allí donde el griego clásico inició el desarrollo, el que, finalmente, alcanzaría su madurez en la época de la Grecia homérica del siglo VIII a. C., momento en el que, además, convergen los otros desarrollos y las conjunciones de las culturas de los pueblos que, previamente, habitaban la península, el Peloponeso, las islas del Egeo, Anatolia, los cuales fueron unificados bajo el dominio de los aqueos o micénicos, quienes, a su vez, ya habían conquistado a los minoicos.
Igualmente, y para complementar el contexto, estos y otros grupos aportaron, en su expansión imperial, elementos culturales procedentes de las civilizaciones del Nilo, del Tigris y el Eufrates, de Palestina, de los arios del Indo y de los indoeuropeos de la India y, posiblemente, del extremo oriental y el norte de Asia, tales como la escritura sumeria, la organización administrativa de sirios y babilonios, el urbanismo del Indo y China, las ciencias y las literaturas mesopotámica y egipcia, la Biblia judaica y, por supuesto, las mitologías y religiones correspondientes a esas civilizaciones.
Algunas de estas conexiones las documenta ampliamente Walter Burkert, en su libro ya citado, De Homero a los Magos.
Haciendo breve la historia, al anterior conjunto de circunstancias es necesario agregar y destacar la síntesis que la cultura griega hizo de los aportes de la cultura egipcia, no sólo de su literatura, sino también de su mitología, religión, cultura, ciencias y demás componentes.
Primero, a través de sus relaciones con los minoicos (2600-1200 a. C). Minos fue una civilización excepcional: asentada en la isla de Creta que permaneció genéticamente aislada de las demás, ya que sus habitantes no parecen ser de origen indoeuropeo. Civilización que había desarrollado una cultura pacífica y sofisticada, de alto contenido estético y lúdico y con una economía comercial autosuficiente.
Modelo minoico que asumieron, en parte, los micénicos, cuando la absorbieron y conquistaron (2000-1200 a. C.). Los micenicos continuaron manteniendo relaciones con la civilización del Nilo.
Hasta aquí y muy sintéticamente contado, ya están preparadas las condiciones para que ocurra esa primera gran mutación literaria, a la que ya sólo le hace falta el factor detonante: la Guerra de Troya.
Parece ser que la oscura edad media en que se sumen las civilizaciones del Egeo, entre 1200 a. C., cuando los aqueos destruyen Troya y emprenden sus últimas campañas gloriosas y, 800 a. C., cuando se supone aparecen los poemas homéricos, fue el tiempo en el cual se gestó y maduró la leyenda épica de aquellas guerras gloriosas, en la que los dioses, los héroes y los hombres, fueron seres extraordinarios.
Es esa leyenda, inspirada en las épicas precedentes, la que sirve de motivo y da origen a los poemas homéricos, esa poesía épica que se constituye como un nuevo genoma literario mutado (9). Poemas que, también, se convierten en memoria aprendida, repetida y recitada y en motivo de inspiración cultural para la conformación del pueblo griego.
Son también, esos poemas, los que dan origen a una nueva visión del mundo de los dioses y el mundo de los hombres; a nuevas formas de pensar, de vivir, de gobernarse, en fin, a la creación de una nueva poesía, exaltada y lírica, así como a nuevas formas estéticas y artísticas.
Este es, por cerca de dos siglos, el caldo de cultivo en el que se dan las circunstancias y condiciones para que tome forma la gran mutación que se sucede entre el siglo VI a. C. y V a. C. y que da nacimiento a la cultura griega que se denomina clásica.
Esa cultura clásica en la que, literatura, poesía, teatro (tragedia y comedia), filosofía, política, matemáticas, ciencias físicas, medicina, industria, religión, historia, oratoria, etc., alcanzaron la más alta expresión y de la que se derivará la cultura occidental. Por supuesto, tras sucederse otras violentas mezclas y combinaciones, de las que nacerán nuevas generaciones y otras mutaciones.
Las primeras de esas nuevas generaciones y mutaciones comienza ya a gestarse con las conquistas de Alejando III el Magno, en el siglo IV a. C., cuando se propuso concentrar en Alejandría, capital simbólica de su imperio, todas las fuentes y todo el conocimiento esparcido a lo largo y ancho del inmenso territorio que conquistó, desde el Mediterráneo hasta la India.
Si bien Alejandro no sobrevivió para verlo, la Biblioteca de Alejandría y las escuelas que allí se establecieron, dieron origen al helenismo, esa síntesis cultural que fue absorbida por los romanos desde 146 a. C., cuando conquistaron a Grecia y continuaron su expansión por el dividido imperio alejandrino, así como por nuevos territorios en Europa y Asia.
El helenismo obtiene su carta de ciudadanía romana con la primera traducción al latín de la Odisea y otras obras griegas, por parte de Livio Andrónico.
Curiosamente y como anotación relacionada, es también, por misma época, cuando aparecen las precursoras de la novela moderna y de las cuales se conservan, algunas en fragmentos, como son: Nino y Semíramis, quizás la primera, del siglo II a. C. O, íntegras, como Quéreas y Callirroe, de Caritón de Afrodisias del siglo I a. C., y posteriores, Las Efesíacas, de Jenofonte de Efeso; Las Babilónicas, de Jámblico; o la más conocida, Dafnis y Cloe, de Longo, ya del siglo II d. C.
En la cultura romana se inicia la evolución de un nuevo genoma cultural y literario, el cual se va a extender por la cultura latina y del que son portadores, entre muchos otros de gran importancia, Lucrecio, Virgilio, Horacio, Cicerón, Séneca, Petronio, Tácito, Juvenal, en poesía, teatro, filosofía, política.
Genoma que, luego de madurar gloriosamente, continuará evolucionando, luego de la caída del imperio romano, al ser injertado en las culturas que desarrollaron los pueblos que invadieron Europa y que se asentaron allí bajo el poder y la influencia de la iglesia romana y que dan origen sus propias poéticas, de las cuales, hacia el final de la Edad Media, surgirá la poesía y literatura de Petrarca, Ariosto, Dante, Boccaccio, los más importantes entre muchos, quienes se constituyen en las generaciones previas y necesarias para que se produzca la gran mutación de El Renacimiento.
Es pues, en lo que se conoce como la oscuridad de la Edad Media europea, una Edad Media asimilable a aquella que había antecedido a la gestación de la Grecia del siglo V a. C., el período durante el cual se propiciarán las condiciones adecuadas para que se geste esa nueva mutación cultural y literaria, paradójicamente, como el deseo de retornar a las fuentes de la gloria de los antiguos griegos.
Pero, antes de continuar con esa línea de evolución, es necesario demarcar otra línea cultural que también participará en el origen de la gran mutación renacentista.
Es aquella línea que inició en el 323 d. C., con la división del imperio romano y la formación del imperio de Oriente o Imperio Bizantino, en el cual y contra el cual, se va a forjar una cultura árabe, pre y pos-islámica. Esa cultura árabe que se extendió, con la expansión del islamismo por el Mediterráneo y hasta el territorio del al-Andalus, en la península Ibérica, en el 711, y la cual, se supuso, fue expulsada de allí, en 1482.
Es, en aquellos califatos de la península Ibérica, donde árabes, moros, judíos, cristianos, mozárabes, compartieron, con relativa tolerancia, sus culturas y ciencias, contribuyendo al rescate y divulgación de lo mejor de las culturas helenística y latina, junto con los elementos de sus antecedentes sumerios, persas, caldeos y un largo etcétera.
Allí se extenderá la tradición oral de los árabes y la narración pública de los cuentos, como los de las Mil y una noches, fundamentales en la gestación de de la literatura española, de Don Quijote de la Mancha, y de la posterior literatura moderna occidental.
Allí echan raíces, la poesía, la mística, la filosofía, las matemáticas y las ciencias árabes, junto con la medicina y las tradiciones religiosas árabes y judías.
Manifestaciones culturales de las cuales son sus más conocidos representantes: Avicena (980-1037), Abu Bakr ibn Tufayl (Guadix, primer decenio del siglo XII- Marrakech, 1185), Averroes (1126-1198), Maimónides (1135-1204), entre otros, cuya influencia ha sido más que demostrada.
Por fortuna, de alguna manera, los califas hicieron suyo el ideal de Alejandro el Magno y se propusieron rescatar, preservar y traducir, los antiguos documentos griegos, romanos y helénicos, así como los de su propia cultura.
La conservación de esos documentos de la antigua Grecia, Roma y del helenismo, junto con los documentos de las culturas árabes y judías, así como de los nuevos documentos e ideas generadas durante la convivencia de culturas en la península Ibérica, dio pie a que esos conocimientos e información se divulgaran, a través de diferentes vasos comunicantes, por el resto de Europa y, en particular, a la península italiana, para constituirse, así, en una parte de las materias primas que actuarán en la gestación del Renacimiento italiano.
Es, en esa gestación del Renacimiento, donde tiene su origen otra gran mutación. La mutación de la que surgirán: El príncipe, de Maquiavelo; el Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam; Gargantua y Pantagruel, de Rabelais, y toda una nueva literatura, ciencia, filosofía, política, estética, arte, etc., que se extenderán por Europa con sus marcas propias y generando nuevas culturas, salvo en la España del Sacro Imperio, en donde las ideas del Renacimiento serán tratadas de maneras muy clandestina y diferente, luego de la católica expulsión de árabes y judíos, quienes antes habían propiciado aquel ecumenismo cultural, para ser remplazado por el aislamiento y la clandestinidad cultural.
Retornando al hilo histórico interrumpido atrás. Es en el lapso de esa Edad Media europea cuando se presentan particulares desarrollos culturales a partir de sus propias circunstancias.
En principio y hacia el siglo VII, en la alianza de los Papas de Roma con los pueblos francos que habían invadido a Europa y que comenzaban a establecerse y a organizarse, se desarrollan las culturas propias que se consolidan en el imperio carolingio y dan origen, entre muchas otras expresiones culturales propias, a una nueva épica, la épica de los caballeros.
Esta épica caballeresca parece derivarse, como ya se dijo en el capítulo anterior, de la Eneida, de Virgilio, de la cual se inspiran los “Roman”, los mismos que inspirarán, a mediados del siglo XII, la saga artúrica y, con ella, el nacimiento de ese género especial que son las aventuras de caballería, de las que son ejemplos memorables: Amadís de Gaula (1508); la gesta de Orlando o Rolando furioso (1516), de Ariosto, las novelas de caballería, al mismo tiempo que los llamados cantares de gesta que narran, oral y públicamente, las epopéyicas leyendas de los caballeros andantes.
De alguna manera, esta tradición de gestas caballerescas va relacionarse con la más popular leyenda artúrica, compuesta por los relatos del rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda.
Estos relatos artúricos se originan en la Normandía francesa y en ellos se manejan elementos reales y ficticios de la historia de guerras y conquistas entre los sajones de la isla británica y los normandos del continente.
Por la naturaleza de su origen y materia, en los relatos artúricos, además de los elementos de la épica caballeresca europea, se mezclan elementos culturales procedentes del norte de las islas Británicas, familiarizados con las culturas y mitologías celtas y con algunas expresiones de las culturas del extremo norte europeo.
Esta combinación dará origen a la novela de caballería como tal, procedente de fuentes tan remotas como las tradiciones orales de los siglos V, VI y VII, o más cercanas como la Historia de los reyes de britania, de Geoffrey de Monmouth, del siglo XII, de las cuales se inspira la saga artúrica, de Thomas Malory; numerosas obras anónimas y, más numerosas aún, aquellas obras de influencia francesa, tales como, Sir Gawain, El Caballero Verde y otras narraciones del francés, Chrétien de Troyes y las de otros escritores, a finales del siglo XII.
Simultáneamente y a partir de las derivaciones de la poesía lírica latina, los juglares difunden las trovas que enaltecen el modelo del amor cortés, el cual se constituye en una tendencia cultural y literaria de naturaleza y materias propias que, igualmente, influirá sobre la cultura europea y, en particular, sobre las gestas caballerescas y las novelas de caballería, contribuyendo a establecer, como un modelo ideológico, el sometimiento femenino y la marianización católica.
Por los lados de España, la novela de caballería aportará su propia originalidad. Las más conocidas manifestaciones de la novela de caballería española son el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell (1415-1468) y Martí Joan de Galba; el Amadís de Gaula (1508) de Garci Rodríguez de Montalvo y la proliferación de muchas otras novelas de caballería de dudosa calidad y amplio comercio.
Será de la síntesis de estas literaturas de épica caballeresca, de amor cortés y novela de caballería, de la que se generará uno de los elementos necesarios para que se produzca la última gran mutación literaria de la modernidad, como se mostrará más adelante.
Tras la decadencia de la literatura de caballería surgirán algunas de las literaturas europeas: la literatura inglesa de, entre otros, Geoffrey Chaucer (1343-1400), Thomas Moro (1478-1535), William Shakespeare (1564-1616). La literatura francesa de, entre otros, François Villón (1431-1463), François Rabelais (1494-1553). Estas dos literaturas son las más notorias de la época.
Será en la España de los Reyes Católicos el crisol genético literario en la que se mezclen los genomas adecuados y las circunstancias favorables para que se produzca esa última gran mutación literaria de los tiempos modernos.
Las circunstancias y condiciones que provocan esa mutación dentro de la literatura española son:
Primero, el mestizaje árabe-judío-mozárabe (claro que, desde ese entonces y hasta la caída de la dictadura franquista, se ha tratado de extinguir o desaparecer todo lo que se relacionara con ese mestizaje, como sí se tratara de una mancha de familia).
Segundo, la migración cultural que propiciaron los árabes y judíos de las culturas y literaturas griega, romana, helénica y mediterránea oriental, de obras como Gilgamesh y de Homero, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, etc., Virgilio y otros romanos. En fin, una lista interminable.
Tercero, los excesos de la literatura de caballería y su rechazo por parte de la iglesia romana.
Cuarto, la literatura y el pensamiento clandestino del Renacimiento, igualmente reprimido por la misma iglesia romana.
Quinto, la formalización de una lengua y el desarrollo de una literatura propia de esa y para esa cultura, como más adelante mostraré.
Y, sobre ellos, va a intervenir, por supuesto, el evento fortuito o factor detonante que desencadenará la gran mutación: evento que se presentó en la mazmorra de una cárcel española:
Un prisionero, poco común, sueña que su azarosa existencia se transforma, por el arte de su imaginación, de su ingenio y de su escritura, en las aventuras y desventuras de un noble y anacrónico caballero que, lanza en ristre, emprende la aventura de restaurar los valores de la caballería, deambulando, libre y delirante, por los caminos de España.
"Yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones" (10).
Caballero que espera merecer el honor por sus hazañas y el sublime amor cortes de su amada ideal, en el ámbito de unas tradiciones ya olvidadas y motivo de burla.
Lo asombroso, como lo es todo en las mutaciones, es que ese prisionero enlaza su genoma literario con elementos y "bases literarias" de buena parte de las literaturas precedentes, directa o indirectamente.
Por ejemplo, con los elementos de la épica oriental que, del Atrahasis y del Gilgamesh, ya se habían replicado en Homero en fórmulas que les son comunes. Tale el caso del uso de los epítetos a los personajes tan famosos y conocidos de aquellos dos poemas épicos antiguos y que en Cervantes toman la forma de "El ingenioso hidalgo" o "Don Alonso el Bueno", entre otros.
O, por ejemplo, como en las formas de introducción narrativa como lo muestra uno de los casos citado por Burkert:
"Durante los viajes de Gilgamesh, el nuevo día es siempre introducido con la misma fórmula: "apenas la primera luz del alba resplandeció" que recuerda el famoso verso homérico "y cuando, hija de luz, brilló la Aurora de rosados dedos...". Es natural que una narración proceda día por día, pero la utilización de fórmulas estereotipadas para el alba y el crepúsculo, el reposo y la acción, es una técnica específica empleada tanto en el Gilgamesh como en Homero" (11).
Formas a las que Cervantes no es ajeno: don Quijote, como Gilgamesh y como Odiseo, también parte en un viaje en el cual los amaneceres son réplicas de los amaneceres de la antigua épica:
En Don Quijote de la Mancha:
"Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo con el ardor de sus calientes rayos las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie [...]" (12).
Los amaneceres de Don Quijote de la Mancha iluminarán, con mayor o menor luz, muchas de las novelas que de allí descienden, como el caso de parentesco directo entre el Crimen y castigo, de Dostoievski y El proceso, de Kafka, y en los amaneceres y despertares de Raskolnikov y Josef K., que se explica en otro capítulo.
De la antigüedad clásica, la escritura de ese prisionero migra y deriva, por selección natural, hacia la evolución cultural y literaria de su propio ámbito: escribe la historia transmutada de su vida, como si se tratara "de un "raro inventor" (13) de la misma calaña que Sheherezade" (14), para leérselas, en charlas nocturnas o 'asmâr', a sus hermanos de infortunio, al mejor estilo de un narrador profesional morisco, 'qass', de los que conoció en los cinco años de su secuestro en Argel y en sus correrías por la clandestinidad nocturna de los moriscos a quienes, en la España católica, se persigue a muerte y quienes se ocultan para preservar sus tradiciones.
Toda su historia es tan morisca que, el mismo "raro inventor", al igual que aquellos narradores moriscos, corrió el riesgo de ir a parar a las hogueras inquisitoriales.
Esto explicaría la razón por la cual, al inicio de la segunda parte de la novela, diez años después, sea el mismo don Quijote, presa del terror, quien denuncie que ha sido suplantado por parte del cronista árabe Cide Hamete Benengeli, al que es necesario desenmascarar, pues para él, los árabes son
"[…] embelecadores, falsarios y quimeristas", por lo "que la crónica de su vida habrá de ser delirante" (15).
¡Eureka!... y fue escrita la novela que da nacimiento a la novela moderna: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1615), autor, además, de Novelas ejemplares, teatro y poesía, otros géneros literarios de los que, en El Quijote, hay abundantes muestras.
Pero, como en toda gran mutación, todos sus antecedentes y consecuentes son, igual, de gran tamaño e importancia. Para agregar a los anteriores, he aquí sólo algunos de los más importantes:
Quizás el antecedente más significativo, fue la publicación en 1492 de la Gramática de la lengua castellana, de Elio Antonio de Nebrija (1441-1522), y la adopción del castellano como lengua oficial por parte de los Reyes Católicos. Como bien se sabe que en el castellano, descendiente directo del griego y el latín, también abundan las influencias de origen árabe.
Otros dos antecedentes, entre muchos otros, son: la poesía de Jorge Manrique (1440-1479), y la publicación del Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina (¿1499?), de Fernando de Rojas, una novela dialogada, en la que ya se anticipa lo que vendrá.
De ese crisol cultural y literario épico oriental, griego, latino, árabe, judío, caballeresco, "roman cortes", renacentista, etc., nacerá don Quijote y con ellos y él, sus descendientes inmediatos y contemporáneos, también, mayores y numerosos, hasta el punto que, los grandes españoles que de allí en adelante viven y crean, por todo un siglo, han sido considerados como lo que se ha dado en llamar Siglo de Oro Español, el más importante entre otros espurios siglos de oro de esa literatura.
De ellos, los más conocidos de ese dorado siglo: Garcilazo de la Vega (1501-1536), Fray Luis de León (1527-1591), San Juan de la Cruz (1542-1591) (16), Luis de Góngora y Argote (1561-1627), Lope de Vega (1562-1635), Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) y algunos más.
Nunca antes ni después, en un espacio tan reducido del planeta y en tan corto período, se vio tal concentración de genios y obras tan importantes.
La mutación había transmutado el genoma y dado su fruto, para mayor gloria de la humanidad.
Y..., misterios de la genética literaria, sólo hasta finales del siglo XVIII y, durante el siglo XIX, volverán a presentarse las condiciones necesarias para generar otra gran mutación que se le aproxime al tamaño de la mutación española.
Ella se da en la consolidación de las lenguas y las literaturas de los países europeos, situación para la que, previamente, el filósofo alemán, Johann Gottfried von Herder, había conceptualizado un marco universal dentro del cual fuera posible tal explosión cultural y literaria.
Los más importantes creadores dentro de esta mutación, son: Goethe, Schiller, Hölderlin, los hermanos Grimm, Novalis, E. T. A. Hoffmann, Nietzsche, Víctor Hugo, Dumas, Balzac, Flaubert, Stendhal, Baudelaire, Rimbaud, Tolstoi, Dostoievski, Galdós y otro largo etcétera.
En fin, la exploración de esta nueva mutación será motivo para otra oportunidad.
NOTAS
(1). Gérard Genette, Palimpsestos, la literatura en segundo grado, Taurus, Madrid, 1989 (519 p.), p. 9
(2). Harold Bloom, Cómo leer y por qué, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2000 (337 p.), p. 177
(3). Harold Bloom, Cómo leer y por qué..., p. 177
(4) Para consultar LECTOR LUDI-18.
Ver Weblog: http://lectorludi.blogspot.com/
(5) Guillermo Sánchez Trujillo, Crimen y Castigo de Franz Kafka, Anatomía de El proceso, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2002.
- Guillermo Sánchez Trujillo, El proceso, edición crítica, publicado por la Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2005, p. 15
- Guillermo Sánchez Trujillo, El crimen de Kafka. Caso cerrado, La Carreta Editores E. U., Medellín, 2006.
(6). G. S. Kirk, Los poemas de Homero, Ediciones Paidós, Barcelona, 1985.
(7) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega, El Acantilado, Barcelona, 2002.
(8) Para consultar LECTOR LUDI-49.
Ver Weblog: http://lectorludi.blogspot.com/
(9) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega..., p. 17.
(10) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega..., p. 19.
(11) Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Real Academia Española, Bogotá, 2005, p. 697.
(12). Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, Real Academia Española, Bogotá, 2005 (1253 p.), p. 51
(13). Epíteto que se atribuye a sí mismo Cervantes en El viaje del Parnaso.
(14 y 15). Luce López-Baralt, El viaje maravilloso de Buluquiyâ a los confines del universo, Editorial Trotta, Madrid, 2004, p. 12.
La autora demuestra la presencia de elementos de la narrativa árabe en Don Quijote, en especial de las Mil y una noche e Historias de los profetas, como parte de su estudio y versión de la Historia de Buluquiyâ, que también hace parte de la novela de Cervantes
(16). Las relaciones de la poesía mística de San Juan de la Cruz con la tradición mística y poética árabe han sido estudiadas en los seminarios del Centro Internacional de Estudios Místicos, del Ayuntamiento de Ávila, cuyas memorias han sido publicadas por Editorial Trotta, Madrid. Igualmente, la catedrática portorriqueña, Luce López-Baralt, participante de esos seminarios, autora del libro: Asedios a lo Indecible, San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante. Y la catedrática italiana, Rosa Rossi, autora de la biografía: Juan de la Cruz, Silencio y creatividad. Ambos textos publicados por Editorial Trotta.
viernes, 15 de agosto de 2008
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