Cap. 1. "Un hilo de sangre"
Capítulo 1
¿Existe un genoma literario?
"En el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la "previa" escritura de nuestro amigo".
Jorge Luis Borges, Ficciones.
Las propuestas realizadas, primero, como trabajo de anatomía literaria y, segundo, sobre la existencia de un “genoma dostokafkiano”, por el profesor Guillermo Sánchez Trujillo, en los tres libros que escribió sobre el uso que hizo Franz Kafka de la novela de Fiódor Mijáilovich Dostoievski, Crimen y castigo, para escribir su novela, El proceso (1), me pusieron a pensar que, entre la vida y la literatura, existen conexiones más sustanciales que el mero uso de las letras y las palabras.
Siendo como soy, un niño al que le gustan los juegos que desafían la imaginación y permiten, como en la literatura, hacer abducciones, variaciones y derivaciones que conduzcan al inmenso reino de las posibilidades y de la diversidad, que es donde deben habitar los LECTORES LUDI, se me ocurrió pensar que ese método, experimentado por Guillermo Sánchez Trujillo con Kafka y Dostoievski, era un umbral a ese reino en donde todo es lo mismo y todo es distinto.
En primer lugar, el profesor Guillermo Sánchez Trujillo, desvela y descifra el misterio de los elementos que Kafka tomó de Dostoievski por medio de "su técnica del palimpsesto" -como él la denomina- y, de cómo Kafka, con su extraordinaria imaginación y genialidad narradora, construye, no sólo El proceso, sino buena parte de su obra narrativa, con la habilidad y paciencia de los rabinos, aquellos interpretes de las palabras de Yahvé.
En segundo lugar, de esa propuesta me he permitido deducir lo que puede interpretarse como una relación genética, de primer grado, entre Crimen y Castigo y El proceso, la que, hasta el momento, nadie ha explorado a fondo y la que exploraré mínimamente.
En su trabajo, Guillermo Sánchez Trujillo, sugiere la existencia de un “genoma dostokafkiano” que, además, de las interpretaciones de crítica literaria, permite pensar, siendo imaginativo, que en el estudio de la literatura se pueda, también, hablar de una genética literaria y que, mediante una asimilación metodológica, es posible analizar, en las obras literarias, sus códigos genéticos y lograr establecer y descifrar las ascendencias, descendencias, coincidencias, divergencias y mutaciones genéticas que se suceden de una obra literaria a otra, de la misma manera como ya se estudia en la evolución biológica y cultural.
En los últimos años las ciencias de la genética, del cerebro y de la mente, han avanzado lo suficiente, hasta el punto de poder afirmar, como lo hace el genetista Luigi Luca Cavalli Sforza sobre las cualidades biológicas de la cultura:
"En cuanto a la estructura física de la idea, podemos decir [...] que una idea, vieja o nueva, es un circuito de neuronas".
Más adelante, agrega Luigi Luca Cavalli Sforza:
"Se puede decir que la cultura es un mecanismo biológico, en tanto depende de los órganos para fabricar los utensilios, la laringe para hablar, las orejas para oír, el cerebro para comprender, etc., que nos permiten comunicarnos entre nosotros, inventar y construir nuevas máquinas capaces de desempeñar funciones útiles y especiales, hacer todo lo que resulta necesario, deseado, posible. Pero es un mecanismo dotado de gran flexibilidad que nos permite llevar a cabo cualquier idea útil que se nos ocurra, y desarrollar soluciones para los problemas que van surgiendo aquí y allá" (2).
En este contexto, se puede empezar por afirmar que Kafka, como el rabino que siempre temió ser, engendró y escribió su propia Thora, su Libro, generando con él un organismo literario vivo, original, único, como la criatura impredecible y única, escrita en las letras y códigos de un genoma que nace de la fecundación de un óvulo por un espermatozoide.
Por eso es delicioso emprender este juego de hipótesis descabelladas que pretenden demostrar cómo funciona ese asunto de la genética literaria y cómo, mediante sus técnicas, es posible hablar de la existencia de un genoma literario, de códigos genéticos que se transmiten de generación en generación, así como, también, establecer la paternidad, determinar su sexo, sus adaptaciones, su fertilidad, etc., porque pienso que también existen obras literarias machos y hembras, padres y madres. Y, lo más importante, que ese legado hereditario existe, evoluciona y muta, como sucede con la evolución de padres a hijos.
Así como que también es posible pensar, conectando la genética biológica con esa genética literaria, que existe un ADN mitocondrial literario.
Es ese ADN específico que es trasmitido sólo por las hembras y el cual es siempre el mismo, permanece inmodificable desde la primera madre, pasando de generación en generación, sin importar las mezclas, cruces y mutaciones, de la misma forma que sucede en el caso de los humanos.
Si esto último fuera cierto, es posible, entonces, imaginar, como lo dije atrás, que existen obras literarias hembras y machos, padres y madres. Algo así como que en la literatura se da la posibilidad de que existan las obras engendradoras, las obras reproductoras y, aquellas obras que son reproducciones o, todas a una. Aun cuando, un gran volumen de la literatura que se produce, sólo para mercadearse, son engendros.
Algunos críticos, como Gérard Genette (3), hablan de transtextualidad, de parodia o de palimpsesto o de otras relaciones entre las obras literarias que han sido denominadas con una Babel de términos. En fin, son asuntos ya bien investigados, estudiados y sustentados, pero también, sofisticados. Yo no aspiro a tanto, pero me interesan porque veo en ellos a genetistas idealistas avergonzados de ser de carne y hueso.
El asunto mío, es jugar con la imaginación. Es complicar las cosas como parte de un juego mental sin otra finalidad que la del juego por el juego, como el de los niños, que ya definí y metaforicé en otro libro, cuando dije:
"Es, en ese jugar en el que el niño, en el ámbito de la lengua de su cultura, crea sus propias palabras y su propio lenguaje, las dos herramientas fundamentales del pensar y del actuar de los Homo-Humanos. Y, esa creación de sus palabras y su lenguaje, es lo que hace, entre otras cosas, único, exclusivo y diferente a cada Homo-Humano" (4).
Como bien lo plantearon Lev S. Vigotski y otro ruso, igualmente genial: Mijaíl M. Bajtín:
"Los factores sociales modelan la mente y construyen el psiquismo. Así como: El lenguaje es un producto de la actividad humana y es una práctica social" (5).
Agregaría que, en el mismo contexto de esa economía y producción, al jugar con la literatura de esta manera, se estaría jugando con esa otra dimensión del juego que, como ya también lo escribí antes, consiste en conocer y ejercitar, para descubrir y probar la extensión de la realidad y de la imaginación hasta más allá de las fronteras establecidas, hacia el horizonte.
Horizonte que se descubre al gozar jugando por jugar, sin la soberbia de pretender ser más de lo que creemos que somos: El Homo-humano es un misterio por resolver que tiene la pretensión de ser "El Ombligo del Universo" y creerse dueño de la Verdad Absoluta.
Empecemos por filosofar. Esa Verdad Absoluta no existe, todavía. Sólo sé que dicen que Cristo dijo que "la verdad os hará libres" y que, en la búsqueda de esa sencilla verdad, es mejor ser como los niños.
Y, como yo soy como un niño, de múltiples dioses y ningún Absoluto, lo cual es muy divertido, me eximo de cualquier responsabilidad y obligación de pensar y escribir para el mercado académico, del que bien se sabe es el campo de batalla de los fundamentalismos.
Pero, basta de explicaciones y justificaciones no pedidas.
Para empezar con el asunto, me pregunto si Kafka leyó a Dostoievski en su idioma original, pues como ambos pertenecen a culturas e idiomas diferentes, se podría pensar que en sus ADN literarios y lingüísticos también existen similitudes y diferencias o, porque no, posibles conexiones, nexos y correspondencias y sus anversos y reversos. Como sucede, por ejemplo, con Jorge Luis Borges y la literatura inglesa, entre otras.
Las nuevas tecnologías podrían ayudar a desentrañar esas diferencias o conexiones. Sería, algo así, como desarrollar un proyecto "Genoma literario", similar al que se está trabajando con el genoma humano y los genomas de cuanto ser vivo existe. Sobre ese asunto ya se ha hecho algo, como más adelante mostraré.
De todas maneras, ya se sabe que cada gran escritor se expresa con los rasgos, tonos, características y cualidades, de su ámbito genético literario y cultural originario. Los que son una la marca distintiva de su código, que si bien, en términos generales, es común para todos los de su mismo ámbito, son sus particularidades personales y locales, los que los hacen diferentes y propios para cada cual.
Cada cultura produce y reproduce, a partir de una materia primordial, sus propias ideas a su modo y manera y desarrolla su propio estilo de pensar, narrar, teatralizar, poetizar, etc., todo lo cual, como en la evolución biológica, también puede migrar y transplantarse de cultura en cultura, fusionándose, injertándose, reproduciéndose, etc., generando así nuevas ideas, expresiones, estilos, modos y maneras, las cuales, mediante algún evento extraordinario, también generarán descendientes y mutaciones espectaculares, originales y magistrales.
Son esos rasgos genético-literarios sobre los que me gustaría ir mirando, por si acaso. Desarrollar un proyecto, "Genoma literario Kafka" que permita establecer las ascendencias y, si se quiere, sus descendencias.
Como por ejemplo, establecer que Kafka, además de haber sido fecundado y mutado por Dostoievski, también, en su genoma, por ejemplo, tiene códigos aportados por la tradición y La Biblia judía, así como por las incidencias talmúdicas que ya algunos de sus estudiosos han explorado.
O, determinar que también tiene códigos aportados por Don Quijote, por todo aquello ya se dijo de él como, por ejemplo, George Steiner:
"El deleite de Kafka con Don Quijote" (6).
O, por Nietzsche, al que, es un hecho que leyó en alemán y al que utilizó, leyéndole a las muchachas páginas de Así habló Zaratustra para seducirlas (7).
En fin, estos y otros creadores y pensadores que, de alguna manera, aportaron los elementos genético-literarios que fecundaron a Kafka, quien, a partir de ello, escribió tan original, asombrosa y aterradora narrativa, en la que se funden su propia genialidad con sus propias influencias y circunstancias culturales.
Pienso que, en alguna parte, existe un genoma literario que evoluciona y que sufre, como en la biología, eventos extraordinarios o mutaciones que crean esas novedades que generan nuevas especies y que, como en la teoría evolutiva darwinistas, se adaptan a las nuevas realidades en que les corresponde existir. Como la vida, se adaptan a las circunstancias para contemplar el futuro.
Tanto la vida como la cultura, evolucionan y mutan. La cultura, como también lo afirma Jost Herbig, tiene su aspecto orgánico y, en consecuencia, evolutivo:
"El progreso del conocimiento humano no se debe sólo a la adaptación forzosa de nuestros órganos sensoriales al entorno, sino también a otro "órgano" decisivo: nuestra "percepción cultural" del mundo" (8).
Como quien dice, existe un genoma cultural y literario que, como un organismo, también, evoluciona y muta y del que es posible estudiar sus transformaciones y desarrollos, como ya lo están demostrando los genetistas biológicos y culturales como lo hace Luigi Luca Cavalli Sforza.
Y que, igual a lo que sucede en las ciencias que investigan el origen y evolución biológica de la humanidad, las ciencias que investigan el desarrollo cultural, apenas logran entrever y descubrir hechos fragmentarios de una génesis y evolución, en una historia perdida en las tinieblas del tiempo.
Para ilustrar estas hipótesis descabelladas que serán temas y asuntos que ampliaré en otros capítulos de este libro, he aquí algunos ejemplos.
Durante el período minoico y micénico que concluye con la Guerra de Troya, se produjo el caldo de cultivo en el cual se gestaría la cultura griega, se engendrarían los poemas homéricos y la poesía que dominó el pensamiento griego por casi tres siglos, desde el siglo VIII a. C. hasta el V a. C. Un caldo de cultivo en el que se mezclan, funden, fusionan, reproducen, replican, imitan, mutan, migran, etc., las "bases genéticas" de los ADN de las culturas minoicas, mesopotámicas, palestinas, semíticas, egipcias, etc. Es, en ese crisol del Mediterráneo Oriental, del que nacerían las culturas de Occidente (9).
En el siguiente capítulo y en el Apéndice 1, trataré con mayor amplitud sobre los antecedentes minoicos hasta la Guerra de Troya y sobre esos tres siglos -VIII a. C. hasta el V a. C.- durante cuales se expandió un imperio de Ciudades-Estado por el Mediterráneo y el Oriente Cercano, con las consecuentes migraciones e intercambios culturales que, al fusionarse, finalmente mutaron hasta la consolidación tanto de la Grecia de Perícles como de la cultura y el pensamiento griego, con sus luces y sombras, las mismas que se expandieron por el mundo conocido con el Imperio Alejandrino, durante el período helenístico y con el Imperio Romano.
Culturas y pensamientos, hoy reconocidos como clásicos que, además de la novedad filosófica, igualmente, generó el nacimiento de un nuevo género literario propio: la dramaturgia, la tragedia, la misma que, todavía hoy, continúa vigente y que, veinte siglos después de Esquilo, Sófocles y Eurípides, Shakespeare restituyó y superó, en el teatro isabelino, hasta niveles esplendorosos, no superados.
Al igual que se me ocurre pensar en la originalidad y novedad que representó el "sentido de lo trágico" que, obviamente, no fue invención griega, pero si el resultado de la evolución o mutación de conceptos procedentes de las culturas de Caldea, Egipto, Persia y culturas del Mediterráneo, el Norte europeo y el Oriente asiático, cercano y lejano, los cuales se amalgamaron allí y que, junto con el pensamiento filosófico griego, contribuyeron a desvelar y modelar a ese hombre que describe Jairo Ibarbo:
"Consideraré que la tragedia se da solo porque existe el hombre, tanto como ente razonador como proyector de ensueños y sensaciones" (10).
Será entonces, en ese "sentido de lo trágico", donde se radicará el ADN mitocondrial que marcará la cultura occidental, desde entonces y hasta ahora y, cuya interpretación y expresión, ha dado origen a toda esa cultura que se expandió desde el caldero del helenismo hasta hoy, con sus correspondientes variaciones y mutaciones.
Cambiando el escenario, llama la atención que en la cultura latina se hubieran inclinado, con mayor éxito, por las expresiones poéticas. Por un lado, la épica homérica que, por ejemplo, incidió en Virgilio y su Eneida. Y, por el otro, la poesía lírica de los poetas griegos que se manifiesta en Cátulo, Horacio, Ovidio.
En cambio, la tragedia y las demás manifestaciones dramáticas, paradójicamente, no alcanzaron mayor popularidad, cuando, al momento de la conquista de Grecia por parte de los romanos, la dramaturgia mantenía en Grecia, todavía, su popularidad.
Podría ser que, los romanos a diferencia de los griegos, tenían otros gustos, quizás más espectaculares y populistas, a la hora de las expresiones culturales públicas.
O que, siendo la Iliada el primer texto en ser traducido al latín, fuera su tono épico homérico y el tono lírico de los otros grandes poetas griegos posteriores, el que mejor se asimilaba al gen cultural y literario romano. Al fin y al cabo, el etrusco era un pueblo guerrero y conquistador que estaba evolucionando con sus conquistas, las que darían origen al imperio romano, más inclinado hacia la épica y la epopeya de un pueblo conquistador que hacia la tragedia que es más la expresión de un pueblo en la cima crítica de su supremacía.
Seguramente, estas mismas condiciones y circunstancias de genética cultural guerrera, fueran asimiladas por las culturas que, cinco siglos después, conquistaron y provocaron la caída del Imperio Romano.
Culturas que, luego de su asentamiento y hasta el Quatrocentto, imitaron más que evolucionaron a aquellas manifestaciones culturales, ya mejor denominadas latinas, tal y como se manifiesta, por ejemplo y primero, en los cantares de gesta y, luego con otros tonos y códigos, en Petrarca, Dante, etc.
Es, precisamente, de la Eneida, de Virgilio y de otros poemas helénicos, de donde se toman, imitan y traducen, los primeros modelos y motivos para los “Roman”, los mismos que inspirarán, a mediados del siglo XII, la saga artúrica y, con ella, el nacimiento de ese género especial que son las aventuras de caballería, de las que son ejemplos memorables: la saga artúrica, Amadís de Gaula (1508); Orlando o Rolando furioso (1516), de Ariosto.
Género que perdurará, por cinco siglos, hasta 1605, cuando, finalmente, engendrará la más gloriosa de sus degeneraciones: la gran mutación que es Don Quijote de la Mancha, manifestación literaria, burlescamente épica, del ya decadente Sacro Imperio español y la novela madre de la novela occidental moderna. De eso hablaré más adelante.
Como puede verse, las culturas guerreras, cultas o bárbaras, se sienten mejor expresadas en el tono épico y epopéyico que en el gen trágico que se manifiesta en aquellas culturas con otras necesidades e inquietudes existenciales, políticas y religiosas.
Pero es también, en esa época de la decadencia del imperio romano, cuando aparece e interviene un nuevo gen literario-cultural: el gen del cristianismo. Un gen mutado de la unión del gen judaico en diáspora con ese gen trágico griego, ya sincretizado del pasado y vuelto a sincretizar en crisol del helenismo, para fundirse en la cultura romana.
Ese nuevo gen del cristianismo que estará sometido al idealismo cristiano que los padres de la iglesia tomaron e interpretaron de las ideas de Sócrates, Platón y Aristóteles, para fundamentar la teología y la ideología católica; idealismo que, desde entonces, ha dominado la casi totalidad de la reflexión filosófica y científica occidental, porque el pensamiento materialista, hedonista y científico de los antiguos filósofos y científicos griegos, fue estigmatizado, reprimido y condenado o a la hoguera o a la clandestinidad, por las persecuciones del imperio papal. Sobre este tema ya existe una amplia y saludable polémica, de la que los libros del francés Michel Onfray dan buena cuenta.
Ese nuevo gen del cristianismo, idealista y teologizado, también dará origen a diversas manifestaciones culturales, en particular, a dos expresiones específicas que destaco por el peso de su incidencia en la evolución y formación de la cultura y la literatura, hasta hoy:
En primer lugar, la innovación que introduce San Agustín (354-430) con la expresión literaria del yo interior, en sus Confesiones (397-401).
Yo interior que evolucionará y mutará hasta alcanzar su plena maduración luego de pasar por la criba de la Divina Comedia, El convivio y las otras obras de Dante (1265-1321) y por el crisol multicultural del Renacimiento, para consagrarse, en su máxima y definitiva expresión, en la dramaturgia de William Shakespeare (1564-1616).
El Shakespeare creador de los personajes monologantes, reflexivos, ensimismados, descritos por Harold Bloom (11), que se constituirán, con su yo interior, en el gen dominante que establecerá su marca distintiva en la literatura y la cultura del norte de Europa, desde entonces y hasta ahora: el Romanticismo; la novela gótica del siglo XIX; la literatura de los estadounidenses, Poe, Melville, Hawthorne; la gran novela rusa: Dostoievski, Tolstoi, etc.; la gran novela del siglo XX: Joyce, Mann, Broch, etc.
Un Shakespeare que exploró, antes que nadie, en la trágica y ambigua complejidad psicológica y metafísica del ser humanos. Complejidad y tragedia que, apenas cuatro siglos después, intentarán desvelar, sin la belleza y profundidad shakesperiana, las psicologías y las fenomenologías modernas y posmodernas.
Un Shakespeare que, ya desde entonces, había planteado una psicología, una fenomenología y una metafísica, diferenciada y particularizada, para hombres y mujeres. Asunto sobre el cual, Georg Simmel, también, ya había llamado la atención, hace más de cien años, sin que se atendiera su reclamo:
"Uno de los más profundos conocedores de Shakespeare observa: en Shakespeare los hombres tienen una historia, que es de progreso o de hundimiento moral; sus mujeres, en cambio, actúan y sufren, pero es raro que progresen y se desarrollen (seldom are transformed)" (12).
Lastimosamente, sobre este asunto de particularizar las ciencias del comportamiento humano para lo femenino y lo masculino, ha sido poco o nada lo que se ha propuesto.
En segundo lugar, ese nuevo gen del cristianismo, combinado con los genes provenientes de las culturas de moros, judíos y de los pueblos de la península ibérica, engendrará el gen mozárabe, el que, con la participación de algunos elementos provenientes de otras culturas renacentistas, será el que, a su vez, generará, en las culturas latino-árabes del Mediterráneo y en particular, en la España liberada, la gran mutación que se manifiesta con los personajes dialogantes, extrovertidos, filosofantes y andariegos de Miguel de Cervantes: don Quijote y Sancho Panza, entre otras criaturas literarias.
Personajes extrovertidos que, a su vez, se constituirán en ese otro gen dominante de la literatura universal moderna del que descenderá toda esa otra gran literatura que culmina en la gran novela francesa del siglo XIX y dará pie a la literatura del siglo XX.
Anverso y reverso, Shakespeare y Cervantes, como bien fueron descritos por Harold Bloom (13).
En este cuadro de incidencias, descendencias, evoluciones, cruces y mutaciones, del gen del cristianismo, es necesario considerar como caso aparte a las literaturas rusa y eslava con sus propios y particulares ascendentes genéticos culturarles y literarios: Tolstoi, Dostoievski y todos los demás, en quienes las conexiones y resultantes genéticas son tan amplias, complejas y particulares que merecen un estudio propio.
Ahora bien y dada la importancia que para la literatura moderna representan Cervantes, don Quijote y Sancho, es necesario explicar la determinante incidencia de ese otro gen cultural y literario, de ascendencia de moros y judíos que por siete siglos se gestó, evolucionó y mutó, en la península Ibérica.
Ese gen moro-judío que, por los últimos cinco siglos ha sobrevivido, oculto y clandestino, a pesar de la hoguera inquisitorial y las persecuciones del arribismo monárquico español que, desde el siglo XV, han tratado de exterminarlo y desaparecerlo, pero que continúa ahí, vivito y coleando, circulando por las arterias de la cultura hispánica.
Ese gen literario moro-judío no es otro que aquel que, de manera temeraria, desvela el mismo Cervantes al inicio de la segunda parte de Don Quijote:
"Los árabes son "embelecadores, falsarios y quimeristas" (es decir, magníficos escritores de ficción) (14).
Cita de Don Quijote que complementa Luce López-Baralt:
"El Caballero de la Triste Figura lleva razón cuando asegura que sólo un sabio encantador puede violar el espacio de las conciencias y abolir el tiempo. Está, pues, en las manos peligrosas de un "raro inventor" (Cervantes en El viaje del Parnaso) de la misma calaña de Sheherezade, y nuestro soñador manchego tiene por seguro que la crónica de su vida habrá de ser delirante. Ya sabemos que no se engañaba" (15).
Y que, por supuesto, agrego yo, para ampliar el argumento ya citado de Harold Bloom: los personajes cervantinos, son de una extroversión emocional masculina igual o mayor a la de su capacidad de narrar quimeras. Quimeras como las de las Mil y una noches, que es precisamente la tradición en las que se contiene y se desarrolla el gen narrativo y poético que les dará vida y forma: Don Quijote.
El mismo gen narrativo y poético que mutó, en extensa cópula cultural, con los genes culturales y literarios, helénico-latino-cristiano-moro-judío, ibérico, franco, etc., hasta "engendrar" ese nuevo "género" que en adelante será la novela moderna de Occidente.
Sin embargo, hay que anotar que, como condición necesaria para la integración, evolución y mutación del gen moro-judío en la cultura y literatura europea, este tuvo que adquirir el carácter de clandestinidad con el que se engendra en Cervantes y que, a su vez, esa clandestinidad, se constituye en una de las condiciones indispensables para su expresión y éxito posterior, pues sólo de esa manera clandestina, la nueva cultura y literatura que muta a partir de él, puede sobrevivir a la persecución y establecer su propio metaescenario.
Metaescenario en el cual le es posible explorar y expresar los misterios de la tragedia humana más allá de los dogmas e ideologías dominantes y crueles de su época, así como establecer los puntos de partida para mirar hacía los horizontes y trazar las fronteras nunca imaginadas ni exploradas, tal y como lo hicieron, en fructíferos reproductores genético-literarios: Fernando de Rojas en su Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina (¿1499?) o, Erasmo de Rotterdam (1466-1536), con su Elogio de la locura (Encomion moriae seu laus stultitiae), 1511 o, François Rabelais (1494-1553), en sus Gargantua y Pantagruel (1532-1534).
En otro escrito sugiero una relación del Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina, con Fernando González.
Tal situación de ocultamiento y clandestinidad que es, ya de por sí, un capítulo independiente y que forma parte de toda esa tradición de la literatura.
Tradición de lucha clandestina que vuelve a tener un especial renacimiento con los escritores satíricos rusos de finales del siglo XIX y buena parte del siglo XX, así como todos aquellos otros que se expresaron durante la macabra dictadura de Stalin y las dictaduras de tantos otros psicópatas que han aterrorizado a la humanidad en todos los lugares y tiempos de la historia de humanidad.
En fin, tema para muchas otras y deliciosas hipótesis descabelladas. Pero, debo regresar a mi asunto que también presenta otros aspectos que deben ser explorados.
Por ejemplo, me he encontrado con referencias que afirman que Shakespeare pudo conocer la obra y el pensamiento de uno de mis personajes admirados, Giordano Bruno, así como saber de su permanencia en Inglaterra, al igual que de la presencia de otros exiliados y viajeros italianos renacentistas que se acogieron a la hospitalidad anticatólica que ese reino ofrecía y, quienes, abierta o clandestinamente, también trasportaron los genes de su cultura, ideas y literatura, desconocidas para los ingleses y clandestinas en casi toda Europa.
Sobre el asunto de Giordano Bruno y Shakespeare he tratado en otros escritos (16) y se explica en el capítulo 5 de este libro.
Esto hace pensar en la migración de esos genes latinos y renacentistas que se injertan en la literatura inglesa de la época isabelina y que contribuyen a engendrar esa literatura, la que, con ese peculiar tono evolucionó y perdura hasta hoy, en la obra de artistas tan definitivos como:
Shakespeare, su teatro y poesía; Milton con su Paraíso perdido; el satírico Swift, con Los viajes de Gulliver; Fielding, con Tom Jones; Defoe, con Robinson Crusoe; el extrañamente romántico y místico, W. Blake; la novela gótica; Joyce, con Ulises; los estadounidenses del siglo XIX, y un largo etcétera.
Es que ya desde el siglo XV se desplazaban, se fijaban y mutaban, por Europa y América, todos estos genes helénico-latino-cristiano-moro-judío, etc., y las variaciones de sus combinaciones que darían origen a las culturas y literaturas occidentales.
Genes literarios que por el sur, fecundan a los franceses, Rebeláis para su Gargantua y Pantagruel; Voltaire, para su Cándido y otras novelas y relatos; Diderot para su Jaques el fatalista; Víctor Hugo y otro largo etcétera.
Por el norte, fecundan a los alemanes, Goethe, Herder, Schiller, Hölderlin, Kleist, Novalis, etc.
Un asunto de nunca acabar, la historia de los últimos cinco siglos de la literatura Occidental.
Así que mejor dejo la lista abierta y paso, ahora, a explorar ese otro sector de mi genética literaria que mencioné antes: lo femenino.
Existe un antiquísimo y poco explorado ADN mitocondrial literario que hace pensar en varios territorios relacionados con lo femenino.
El primero de esos territorios es el mismo ADN mitocondrial literario que ha permanecido inalterable, desde el origen, en los elementos o motivos femeninos de la literatura. Este tema ha sido tratado en otros de mis escritos.
El segundo de esos territorios es la hipótesis descabellada que anuncié antes como la posibilidad de que existan obras literarias hembras y machos. Algo así como que en la literatura existen las obras engendradoras, obras reproductoras y, aquellas obras que son reproducciones o, todas a una. Aun cuando, en el camino y como lo dije antes, también se gestan y nacen engendros.
Como este asunto de las obras literarias hembras y machos es inmenso y complejo, me limito a mencionar un par de lugares comunes como un punto de partida para reflexiones de más largo aliento.
Por ejemplo, se puede decir que los poemas homéricos son los padres de la literatura occidental. Que La Biblia es madre de todas las historias, temas y asuntos de la literatura universal de los últimos dos mil años. Que Don Quijote, es la madre de la novela moderna.
O, para relacionarlo con el trabajo de Guillermo Sánchez Trujillo, se podría decir que, de alguna manera, Crimen y castigo es un padre para El proceso, a lo que cabría preguntar: ¿Quién es la madre? ¿Qué papel fecundador juega Así habló Zaratustra? En fin, asuntos kafkianos de los que hablo en otro libro.
Y, el tercero, es ese extraño territorio en el cual las mujeres y sus poderes, se manifiestan en las culturas y las obras literarias.
Pienso que ese gen o ADN femenino se debió originar en la figura y el mito chamánico primitivo de la Diosa Madre (ver Apéndice 1), la Dama Celeste, la Amante Invisible, la Dama Sobrenatural, el eterno femenino, en fin, el amor, el erotismo, ese matrimonio y viaje sobrenatural que conduce a las luces del éxtasis y a las tinieblas del inframundo o, si se quiere, al otro mundo o a la muerte en vida o a lo ineluctable. En fin, en ese matrimonio y en la erótica sobrenatural chamánica, sobre lo que, Mircea Eliade, hace amplia y autorizada exposición (17).
Cuando hablo de territorio femenino, me refiero sólo a aquel en el cual lo femenino es la representación de poderes superiores o sobrenaturales y no a la representación humana de las mujeres como personajes.
Aun cuando, luego de leer el ensayo Para una filosofía de los sexos, de Georg Simmel, ya citado, pareciera absurdo dividir lo femenino en físico y metafísico, pero ese sería otro asunto (ver Apéndice 2). Dice Simmel:
"La diferencia entre los sexos, aparentemente una relación bipolar de dos términos lógicamente equivalentes, es sin embargo típicamente más importante para la mujer que para el varón. Es propio de la mujer que para ella sea más esencial ser mujer que para el varón el hecho de ser varón. Para el varón, la condición sexual consiste, por decirlo así, en hacer; para la mujer, en ser" (18).
Ahora bien, estos poderes femeninos son poderes simbólicos, por un lado, positivos o benignos, tal el caso de las hadas buenas y, por el otro, encarnaciones de otros poderes secretos y herméticos mediante los cuales los hombres se comunican con la Gran Sabiduría.
Y, por supuesto, el otro lado de la moneda, lo femenino de poderes malignos: Medusa, la bruja, Melusina, Morgana, la mujer fatal, etc.
Si se piensa que lo femenino es, con pleno derecho, un gen universal sin excepciones y, quizás, el más antiguo de todos, es inexplicable que en las representaciones de las mujeres como personajes, sean excepciones los grandes personajes femeninos y casi siempre representadas como figuras que encarnan historias de amor, trágicas o dramáticas o tragicómicas o, simplemente, sentimentaloides.
En cambio, en el terreno de lo secreto y de lo hermético, así sean pocas, las figuras femeninas son grandiosas y misteriosas.
Para mencionar, la Laura, de Petrarca; la Beatriz, de Dante; la oculta dama de los Sonetos, de Shakespeare; la Dama como Naturaleza, de Goethe. Así como algunas de las extrañas figuras femeninas que toman forma en los románticos, los simbolistas y los surrealistas.
Son esas, las Damas herméticas con poderes sobrenaturales o mágicos, las que explica Elémire Zolla y a las que, entre otras cosas, define así:
"La mujer tiene el privilegio de conocer alguna verdad por revelación directa del vientre, fiel réplica de la caverna o huevo cósmico, pulpo marino o medusa que la rige y la atormenta" (19).
Como anotación marginal y dándole un giro positivo al asunto de lo femenino y sus misterios, bien valdría la pena conocer la reflexión que hace Georg Simmel, sobre la feminidad absoluta y su contraposición con la relatividad masculina (20), lo cual contribuiría a despejar buena parte de los malentendidos y prejuicios que enfrentan a los sexos y de los cuales nacen mitos, leyendas y estigmatizaciones.
Ahora bien y para decirlo de otra manera, la Dama, es ese poder de lo femenino que, en sus múltiples manifestaciones e interpretaciones, perdura, oculta y clandestina, en las culturas y las literaturas, sin dejar de ser un misterio o un secreto por desvelar. Ello, a pesar de las persecuciones, las exclusiones y la esterilizante marianización.
Ya para concluir, quisiera hacerme un par de hipotéticas preguntas sobre el sentido y el significado con el cual asume la representación de lo femenino, de las mujeres, Fernando González, un Sabio escritor colombiano, poco estudiado y muy malentendido.
Desde mis primeras lecturas, siempre me han fascinado y pasmado la desnudez de la muchacha alsaciana, paradigma de esos vitales y herméticos personajes femeninos en la obra de Fernando González:
¿Qué significan esas vitales muchachas de Fernando González: mademosille Tony, la muchacha alsaciana; Martina la Velera o, hasta el misterio de la misma gata Salomé?
O, me pregunto: ¿qué pretendía, o qué oculta, Fernando González sobre el asunto de lo femenino en sus obras y, en especial, en La tragicomedia del padre Elias y Martina la Velera?
O, ¿qué es lo quiere decir cuando afirma?:
"Sospecho que vuestra merced era el que daría la versión andina de La tragicomedia de Calixto y Melibea de que hoy tiene necesidad la gente" (21).
O, cuando, en La tragicomedia, dice aquello de los
"[...] sabios judíos, sefarditas cristianos, entre los que vive hace tiempos Lucas de Ochoa" (22).
¿Será este otro código genético literario que habrá que decodificar?
Finalmente, todo son misterios y territorios sagrados, por desvelar, explorar y continuar jugando a ser LECTOR LUDI.
Al fin y al cabo, toda obra literaria se gesta desde la mujer, en la vida, en el amor, en el dolor, en el miedo y en la muerte, a partir de todos esos diversos arquetipos genéticos y de un único ADN mitocondrial que la hace tal: la primigenia fascinación de contar cuentos, de descubrir conocimiento e inventar del Homo-Humano.
Los misterios de la genética literaria podrían llegar a ser tan fascinantes y complejos como los de la genética biológica y, a lo mejor algún día, se llegue a demostrar que todo y uno, somos una y la misma cosa.
Ojalá mi juego inspire a otros a realizar sus propios juegos y a compartirlos con los amigos.
NOTAS
(1) Guillermo Sánchez Trujillo, Crimen y castigo de Franz Kafka. Anatomía de El proceso, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2002.
- Franz Kafka, El proceso, Edición crítica por Guillermo Sánchez Trujillo, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2005 (existe versión en Internet).
- Guillermo Sánchez Trujillo, El crimen de Kafka. Caso cerrado, La Carreta Editores E. U., Medellín, 2006.
(2) Luigi Luca Cavalli Sforza, La evolución de la cultura, Anagrama, Barcelona, 2007, p. 100 y p. 114.
(3) Gérard Genette, Palimpsestos. La literatura en segundo grado, Taurus, Madrid, 1989 (519 p.).
(4) Iván Rodrigo García Palacios, Sin la lectura... ¿Quién soy yo?, Medellín, 2008, capítulo 6o, segunda parte. Ver blog: http://lectorludi.blogspot.com/
(5) Adriana Silvestri y Guillermo Blanck, Bajtín y Vigotski: la organización semiótica de la conciencia, Anthropos, Barcelona, 1993 (286 p.), p. 24 y 32.
(6) George Steiner, Pasión intacta, Notas sobre El proceso de Kafka, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1997, p.305.
(7) Daniel Desmarquest, Kafka y las muchachas, Editorial Edaf, Madrid, 2002, p. 24.
(8) Jost Herbig, La evolución del conocimiento, Del pensamiento mítico al pensamiento racional, Editorial Herder, Barcelona, 1996 (333 p.). En esta obra, busca conciliar las teorías biogenéticas más radicales con la poesía, la política y la cosmogonía de la Grecia clásica.
(9) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega, El Acantilado, Barcelona, 2002.
(10) Jairo Ibarbo, Incertidumbre y objetividad en el conocimiento, Editorial Phi, Medellín, 2003 (174 p.), p. 21.
(11) Harold Bloom, Cómo leer y por qué, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2000 (337 p.), p. 177
(12) Georg Simmel, Sobre la aventura. Ensayos de estética, Península / Debolsillo, Barcelona, 2002 (441 p.), p. 136.
(13) Harold Bloom, Cómo leer y por qué…, p. 177
(14) Luce López-Baralt, El viaje maravilloso de Buluquiyâ a los confines del universo, Editorial Trotta, Madrid, 2004 (158 p.), p. 12.
(15) Luce López-Baralt, El viaje maravilloso de Buluquiyâ a los confines del universo..., p. 12.
(16) Iván Rodrigo García Palacios, CUADERNO DE CITAS-20, De Séneca a Bruno, de Bruno a Shakespeare. Ver blog: http://lectorludi.blogspot.com/
(17) Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, Fondo de Cultura Económica, México, 1993 (484 p.).
(18) Georg Simmel, Sobre la aventura, el ensayo: Para una filosofía de los sexos…, p. 94.
(19) Elémire Zolla, La amante invisible, La erótica chamánica en las religiones, en la literatura y en la legitimación política, Paidós, Barcelona, 1994 (154 p.).
(20) Georg Simmel, Sobre la aventura. Ensayos de estética…, pp. 87 a 168.
(21) Fernando González, La tragicomedia del padre Elias y Martina la Velera, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1995 (252 p.), p. 10
(22) Fernando González, La tragicomedia del padre Elias y Martina la Velera..., p. 9.
viernes, 15 de agosto de 2008
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