viernes, 15 de agosto de 2008



Un hilo de sangre

Hipótesis descabelladas
sobre genética y literatura


Por
Iván Rodrigo García Palacios


Medellín-2008
CONTENIDO. "Un hilo de sangre"

Contenido


INTRODUCCIÓN
"Un hilo de sangre" que teje el destino del Homo-Humano

Capítulo 1
¿Existe un genoma literario?

Capítulo 2
Las grandes mutaciones literarias y el nacimiento de la literatura moderna

Capítulo 3
"Hermanos de tinta": Don Quijote, Raskolnikov y Josef K., un triángulo genético

Capítulo 4
El genoma: Bartleby + Barnabooth = Bartlebooth

Capítulo 5
De Séneca a Bruno, de Bruno a Shakespeare

Apéndices

Apéndice 1
... el delirio de un dios sin madre

Apéndice 2
¿Se podría hablar, más que de género, de una especie masculina o femenina?

Apéndice 3
(*) Texto completo:
Fiódor Mijáilovich Dostoievski:
La mentira se salva por otra mentira (1879), Diario de un escritor.
INTRODUCCION. "Un hilo de sangre"

INTRODUCCIÓN

"Un hilo de sangre" que teje el destino del Homo-Humano



¿Existe una genética literaria, quizás más compleja que la de la misma biología, que permita establecer la herencia, la evolución y las mutaciones de de la literatura y de las obras de arte en general?

La vida como la literatura están ligadas por "un hilo de sangre", el mismo que puede recorrerse, en todos los sentidos, desde el remoto origen, hasta el permanente presente, en la actividad sin fin de querer desvelar los misterios del ser humanos.

Un arcano origen que se remonta a esa madre primordial de todas las literaturas, habidas y por haber, que es la necesidad vital del Homo-Humano por contar, fantásticamente, las historias de todo aquello que le es desconocido y misterioso, y de aquello que no puede controlar o desvelar y que, entonces, su imaginación resuelve por medio de la fantasía, inventando mundos a su imagen y semejanza.

Ese es el mecanismo evolutivo que determina la genética y la evolución de toda la literatura, incluidos los mitos, las leyendas y toda obra de ficción y que no es otra cosa que el poder performativo del lenguaje (1), el cual, si bien no existe en la evolución biológica un mecanismo correspondiente, si es una actividad del lenguaje tan natural como lo es la actividad mental, la que es para la biología, real y concreta.

“[…] enunciado performativo. Para decirlo en términos de J. L. Austin: la enunciación crea la verdad” (2).

Ese es “el hilo de sangre” que se une por el hilo de todas las palabras de todas las historias contadas desde el origen del Homo-Humano, la vida y la literatura.

"Un hilo de sangre" como el que Gabriel García Márquez traza en la narración de uno de los más de los enigmáticos y fantásticos relatos de Cien años de soledad, de los tantos dispersos por toda la novela.

Se trata del relato del capítulo VII, de Cien años de soledad, en el cual, "un hilo de sangre", salió por las calles y por las casas de Macondo hasta encontrar a Ursula en la cocina, quien, asombrada, lo siguió, de retorno, hasta su punto de origen.

¿Metáfora o alegoría o enigma, o qué?

Antes de entrar a formular mis hipótesis descabelladas de esa genética literaria, propongo la lectura de ese relato con mente de criptógrafo para que todos los sentidos perciban:

"No todas las noticias eran buenas. Un año después de la fuga del coronel Aureliano Buendía, José Arcadio y Rebeca se fueron a vivir en la casa construida por Arcadio. Nadie se enteró de su intervención para impedir el fusilamiento. En la casa nueva, situada en el mejor rincón de la plaza, a la sombra de un almendro privilegiado con tres nidos de petirrojos, con una puerta grande para las visitas y cuatro ventanas para la luz, establecieron un hogar hospitalario. Las antiguas amigas de Rebeca, entre ellas cuatro hermanas Moscote que continuaban solteras, reanudaron las sesiones de bordado interrumpidas años antes en el corredor de las begonias. José Arcadio siguió disfrutando de las tierras usurpadas cuyos títulos fueron reconocidos por el gobierno conservador. Todas las tardes se le veía regresar a caballo, con sus perros montunos y su escopeta de dos cañones, y un sartal de conejos colgados en la montura. Una tarde de septiembre, ante la amenaza de una tormenta, regresó a casa más temprano que de costumbre.
Saludó a Rebeca en el comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para salarlos más tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz. Ese fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en Macondo. Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el estampido de un pistoletazo retumbó la casa. Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.

-¡Ave María Purísima! -gritó Úrsula.

Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atravesó el granero, pasó por el corredor de las begonias donde Aureliano José cantaba que tres y tres son seis y seis y tres son nueve, y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea recta por la calle, y dobló luego a la derecha y después a la izquierda hasta la calle de los Turcos, sin recordar que todavía llevaba puestos el delantal de hornear y las babuchas caseras, y salió a la plaza y se metió por la puerta de una casa donde no había estado nunca, y empujó la puerta del dormitorio y casi se ahogó con el olor a pólvora quemada, y encontró a José Arcadio tirado boca abajo en el suelo sobre las polainas que se acababa de quitar, y vio el cabo original del hilo de sangre que ya había dejado de fluir de su oído derecho. No encontraron ninguna herida en su cuerpo ni pudieron localizar el arma. Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a pólvora del cadáver. Primero lo lavaron tres veces con jabón y estropajo, después lo frotaron con sal y vinagre, luego con ceniza y limón, y por último lo metieron en un tonel de lejía y lo dejaron reposar seis horas. Tanto lo restregaron que los arabescos del tatuaje empezaban a decolorarse. Cuando concibieron el recurso desesperado de sazonarlo con pimienta y comino y hojas de laurel y hervirlo un día entero a fuego lento ya había empezado a descomponerse y tuvieron que enterrarlo a las volandas. Lo encerraron herméticamente en un ataúd especial de dos metros y treinta centímetros de largo y un metro y diez centímetros de ancho, reforzado por dentro con planchas de hierro y atornillado con pernos de acero, y aun así se percibía el olor en las calles por donde pasó el entierro. El padre Nicanor, con el hígado hinchado y tenso como un tambor, le echó la bendición desde la cama. Aunque en los meses siguientes reforzaron la tumba con muros superpuestos y echaron entre ellos ceniza apelmazada, aserrín y cal viva, el cementerio siguió oliendo a pólvora hasta muchos años después, cuando los ingenieros de la compañía bananera recubrieron la sepultura con una coraza de hormigón. Tan pronto como sacaron el cadáver, Rebeca cerró las puertas de su casa y se enterró en vida, cubierta con una gruesa costra de desdén que ninguna tentación terrenal consiguió romper. Salió a la calle en una ocasión, ya muy vieja, con unos zapatos color de plata antigua y un sombrero de flores minúsculas, por la época en que pasó por el pueblo el Judío Errante y provocó un calor tan intenso que los pájaros rompían las alambreras de las ventanas para morir en los dormitorios. La última vez que alguien la vio con vida fue cuando mató de un tiro certero a un ladrón que trató de forzar la puerta de su casa. Salvo Argénida, su criada y confidente, nadie volvió a tener contacto con ella desde entonces. En un tiempo se supo que escribía cartas al Obispo, a quien consideraba como su primo hermano, pero nunca se dijo que hubiera recibido respuesta. El pueblo la olvidó" (3).

En mi propósito de proponer una genética literaria, interpreto ese hilo de sangre como el hilo que codifica y conecta las genealogías de los Buendía con las genealogías de todos aquellos mundos y personajes que desde el principio lo han sido y lo son por la evolución de la carne y de la literatura.

Una historia de lo qué es el Homo-Humano en sus mitos, obras y cuentos, recorrida, escrita y leída en "un hilo de sangre" que la conecta y la relaciona, de principio a fin y de fin a principio, en la alternancia de olvidos, recuerdos y transformaciones, desde y hasta su destino u horizonte final, con la historia evolutiva y cultural de la humanidad.

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Si, como en los últimos años las ciencias de la genética, el cerebro y la mente, se han aproximado lo suficiente a la naturaleza del Homo-Humano, hasta el punto de poder afirmar, como lo hace Luigi Luca Cavalli Sforza:

"En cuanto a la estructura física de la idea, podemos decir [...] que una idea, vieja o nueva, es un circuito de neuronas" (4).

Se puede afirmar que, al igual que en los organismos vivos, en la cultura del Homo-Humano, la naturaleza de unos y otras están sometidas a las leyes de la evolución.

Evolución biológica y cultural que explica y propone como materia de investigación Luigi Luca Cavalli Sforza en el libro citado y al que remito para cualquier consulta sobre el tema.

Mente y cuerpo son conceptos de una misma unidad concreta y, lo que sucede en el uno, afecta el otro y, de similar forma, las leyes de la evolución actúan sobre ambos:

Un material genético original que, por medio de la reproducción, se diversifica y muta. Un genoma original cuyas "bases" se mueven y sustituyen de generación en generación, de acuerdo a la incidencia de los aportes de las copias del ADN de padre y madre para producir individuos únicos. O un nuevo espécimen, porque, ocasionalmente, en las réplicas del ADN se producen errores en las sustituciones de las "bases" y se generan mutaciones que con el tiempo se normalizan… sólo que, hasta otra mutación.

A partir de esos presupuestos de evolución biológica y cultural, mi propósito es explorar la literatura y proponer la interpretación de una genética literaria a partir de hipótesis descabelladas sobre casos de reproducción, evolución y mutación de los genomas literarios y la existencia de unas "bases genéticas literarias" cuya dinámica, en el ADN literario, hacen posible que la literatura se reproduzca, evolucione y mute.

La genética literaria que propongo se refiere a esa evolución biológica y cultural en la cual las ideas, las palabras, etc., son "un circuito de neuronas" y que, como tales, también operan, se reproducen, evoluciona y mutan en la literatura.

Acepto como punto de partida teórico que, siendo las ideas tan biológicas como lo "es un circuito de neuronas", la siguiente afirmación de Walter Burkert sobre las conexiones entre las literaturas orientales del Atrahasis y del Gilgamesh con los poemas homéricos y el surgimiento de la filosofía griega, se puede asumir como una sugerencia metodológica atractiva para conectar la genética biológica con la genética literaria que propongo:

"El descubrimiento de motivos y rastros estilísticos comunes podría parecerse al uso de etimologías "por consonancia"; son interesantes, sorprendentes, sugestivas, pero raramente probatorias. Los mismos motivos y temas se pueden encontrar un poco por todas partes en contextos comparables. Se añaden, sin embargo, en este caso estructuras más complejas, para las cuales es más difícil que se verifique una pura coincidencia: una idea cosmológica fundamental, un sistema de divinidades, una escena entera en la disposición de caracteres y motivos, una catástrofe de la humanidad según los decretos de los dioses. Parece que Homero esté próximo a la traducción del acadio. Pero una vez establecidos, aunque sea en un único caso, el vínculo histórico y transmisión efectiva, se ha abierto una brecha y ulteriores conexiones, incluidos los préstamos lingüísticos, se hacen más de fiar, a pesar de que, por sí solos, no sean suficientes para sostener el peso de la prueba" (5).

Los estudios de la filosofía del lenguaje, la crítica literaria, la lingüística, la filología, etc., sobre la palabra, el texto, la escritura, el discurso, los signos, los símbolos y sobre la literatura misma, sólo se relacionan con mi propuesta por necesidad y utilidad, porque algunas de sus investigaciones aportan elementos teóricos y prácticos útiles para la formulación y demostración de esa genética literaria que propongo y sobre la cual, supongo, no existe información alguna.

Está por realizar cualquier tipo de estudio, investigación o experimentación, pertinente. Por ello y como sugería Darwin, lo mío es proponer, sin ningún miedo, hipótesis descabelladas con sentido lúdico que es el más serio de los sentidos.

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Las ideas, las palabras, los signos, los símbolos, las artes, las expresiones plásticas, las historias, los cuentos, la poesía, la música, las canciones, las danzas, al igual que los genes, genomas, ADN, etc., están sometidos a las leyes de la evolución: reproducción, selección natural, migración, deriva, mutación, ensayo y error, herencia, etc., de acuerdo con la naturaleza de la materia estudiada: evolución cultural o evolución biológica, así ambas sean territorios en los cuales las ciencias continúan explorando, lo mismo que sobre el asunto de las conexiones entre la una y la otra.

La exploración de este universo desconocido de la genética literaria y para trazar el mapa genético literario, empiezo, como se hace en el descubrimiento de conocimiento, por lo conocido, porque es útil, así y ya, en medio de la aventura, las soluciones a los misterios sean otros los asombros.

Me remonto al génesis de una cosmología fundacional de la literatura, según Emilio Lledó:

“En el principio fue el verbo o lo qué el verbo significa” (6).

Signos, señas, gestos y símbolos, inventados para interpretar, entender, memorizar y explicar lo que se percibía. Con ellos se engendraron los primeros circuitos neuronales, los mitos primordiales: un mito madre: la imaginación y un mito padre: el pensamiento, los cuales engendraron los mitos que fueron y que son para poblar el cerebro y la mente de circuitos neuronales que se reproducen, evolucionan y mutan... hasta hoy.

Los mitos y leyendas que tratan de interpretar, entender, memorizar y explicar: lo sagrado y lo misterioso; la vida y la muerte; el miedo y la valentía; el placer y el dolor; el amor y el odio; la paz y la violencia; la solidaridad y el poder, toda clase de poder natural o sobrenatural; los fenómenos de la vida cotidiana; el tiempo y el espacio; la materia y la energía, en fin, todo aquello que le era y le es desconocido y misterioso, esa es la materia primordial a partir de la cual se desarrolla la memoria y la experiencia del Homo-Humano, de todo aquello que ha sido contado, cantado, danzado, pintado, escrito, en fin, imaginado.

Los mitos, la primera memoria y experiencia de lo sagrado, lo misterioso y lo desconocido, son las materias primas de los primeros libros sagrados (gestuales y orales), materias que luego se transcribieron en "Los Libros".

Los mitos son los primeros genomas de la línea de sangre que emparenta a todas las ciencias y a todas las artes, habidas y por haber. Salvo y que a diferencia del genoma biológico, el genoma literario estaría compuesto por un número de "bases genéticas literarias" todavía no establecidas ni definidas su naturaleza, sus cualidades y características.

Lo cierto es que la literatura se origina a partir de allí y ese genoma y la dinámica de sus bases se ha reproducido, evolucionado y mutado desde entonces en las mentes y cerebros de aquellos Homo-Humanos destinados a explorar e iluminar la misteriosa y desconocida naturaleza humana a través de sus narraciones y poemas. De ellos y ellas trata este libro.

De aquellos Homo-Humanos excepcionales que, así compartan códigos genético-literarios y que, en muy poco o nada, se parezcan, siendo parientes cercanos, algún "genoma lúdico" los convirtió en los más grandes poetas y narradores de la historia de la literatura universal, para así crear y escribir sus obras con "un hilo de sangre" sobre el palimpsesto de las obras de sus predecesores.

De los poemas épicos y los libros sagrados a los primeros cuentos orales y, de estos, a los primeros cuentos escritos de los egipcios, al Atrahasis y al Gilgamesh. De estos a Homero (7) y de este a Virgilio y, de allí en adelante, a Petrarca y a Dante.

De las Mil y una noches, las novelas y poemas de caballería, La Celestina, Gargantúa y Pantagruel etc., a Cervantes y Don Quijote de la Mancha. De todos ellos y la Biblia al Franz Kafka que escribe El proceso sobre el palimpsesto de Crimen y castigo.

O, más cercano todavía, a Gabriel García Márquez y ese "hilo de sangre" que, en Cien años de soledad, recorre las calles de Macondo, quien intertextualiza, como dicen los críticos literarios posmodernos, numerosas pero identificables obras de la literatura universal para escribir sus novelas y cuentos: Bajo el volcán, de Malcolm Lowry (hipótesis descabellada que propongo en otros escritos) y cuántas más, para escribir Cien años de soledad. La poesía de Dante, la de los trovadores y algunos otros escritores, para escribir El amor en los tiempos del cólera. La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne y Shakespeare, de la Vega y de otros, para escribir Del amor y otros demonios. La historia del buen viejo y la bella muchacha y La conciencia de Zeno, de Italo Svevo y otros, para Memorias de mis putas tristes y, muchos más en todas sus obras.

En fin, un hilo de sangre que continúa reproduciéndose, evolucionando y mutando con el mismo Homo-Humano que ha sido, es y será.

Sobre algunos de esos palimpsestos e intertextualidades de autores particulares he escrito en otro libro (8), al fin y al cabo, ellos son los portadores y trasmisores de “los rastros”, de que hablaba Borges, los códigos, las manifestaciones más evidentes de una genética literaria, de ese hilo de sangre que emparenta, como a una familia, a toda la literatura universal.

Con ellos plantearé mi propuesta de lectura por medio de una genética literaria, así como ofreceré algunas sugerencias para que los Maestros LECTOR LUDI y sus alumnos creen su propia genética literaria y realicen su propia lectura genética.

Genética literaria y lectura genética que paso a definir:

La genética literaria es la que estudia, investiga, analiza y establece la génesis, evolución, mutaciones y genealogías de la vida y de la materia literaria: poemas, narraciones, ensayos, en fin, el texto escrito, partiendo de su origen y hasta su estado actual y, además, logra predecir o anticipar las evoluciones, transmutaciones y sus influencias en la literatura del futuro.

La lectura genética es aquella que utiliza de manera imaginativa y libre las metodologías y contenidos de las ciencias que estudian la naturaleza del hombre y del universo, para aplicarlos y conectarlos al análisis de las obras literarias como objetos del estudio de una genética literaria que busca establecer las conexiones y nexos, así como las incidencias que se suceden entre ellas y con el LECTOR LUDI.

Así mismo, la lectura genética, puede disponer y usar, en las mismas condiciones, de los logros de la filosofía, en todas sus especialidades y derivaciones: la hermenéutica, la fenomenología, la lógica, la antropología, la sociología, etc. y, hasta de aquellas disciplinas que trascienden lo natural, como la teología, la metafísica y la mística.

Para realizar la lectura genética el lector se irá convirtiendo en un explorador y descubridor de los elementos que genéticamente se transmiten, evolucionan, permanecen o mutan, de una obra a otra o de una cultura a otra y, por los cuales, es posible identificarlos, determinar su incidencia, establecer la línea y variantes de reproducción, evolución y mutación, así como, probar, acertadamente, la paternidad y la genealogía de la materia analizada.

Por su parte, el lector que aspira a ser un perpetuo iniciado LECTOR LUDI, en permanente proceso de transmutación, irá ascendiendo, en una espiral expansiva, en su visión y comprensión de sí mismo y del universo, hasta el nivel y grado que desee, porque el límite es el horizonte.

En los capítulos que siguen, se explican y muestran algunas propuestas teóricas y ejemplos para que cada LECTOR LUDI pueda desarrollar y crear sus propios métodos y contenidos de genética literaria y lectura genética.

La motivación de estas reflexiones y consideraciones nacieron a raíz de la publicación de los resultados de la investigación que Guillermo Sánchez Trujillo realizó sobre las conexiones entre Crimen y castigo, de Fiódor Mijáilovich Dostoievski y El proceso, de Franz Kafka, en la cual establece una gráfica que él denomina “genoma dostokafkiano”.

Ese genoma fue la inspiración de mis hipótesis descabelladas sobre genética literaria, porque era la única aproximación concreta con la genética biológica que había encontrado en mis estudios sobre literatura y porque, así él no desarrollara propiamente un estudio genético literario y biológico de esas conexiones, algunas de sus consideraciones lo sugerían. Por ello le expreso mi especial reconocimiento de gratitud.


NOTAS

(1) J. L. Austin, Cómo hacer cosas con palabras, 1955, www. Libros Tauro.

(2) Michel Onfray, Tratado de ateología, Anagrama, Barcelona, 2006, p. 137.

(3) Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Edición conmemorativa, RAE, 2007, pp. 156 a 159.

(4) Luigi Luca Cavalli Sforza, La evolución de la cultura, Anagrama, Barcelona, 2007, p. 100.

(5) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega, El Acantilado, Barcelona, 2002, pp. 24 y 25.

(6) Emilio Lledó, Lenguaje e historia, Taurus-Bolsillo, Madrid, 1996, p. 216.

(7) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega...

(8) Iván Rodrigo García Palacios, LECTOR LUDI. Manual de iniciación a la alquimia de la lectura, capítulo 1: Nietzsche: La vida como literatura. Así nació Zaratustra en los tiempos del amor.
Ver blog: http://lectorludi.blogspot.com/
Cap. 1. "Un hilo de sangre"

Capítulo 1

¿Existe un genoma literario?



"En el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la "previa" escritura de nuestro amigo".
Jorge Luis Borges, Ficciones.



Las propuestas realizadas, primero, como trabajo de anatomía literaria y, segundo, sobre la existencia de un “genoma dostokafkiano”, por el profesor Guillermo Sánchez Trujillo, en los tres libros que escribió sobre el uso que hizo Franz Kafka de la novela de Fiódor Mijáilovich Dostoievski, Crimen y castigo, para escribir su novela, El proceso (1), me pusieron a pensar que, entre la vida y la literatura, existen conexiones más sustanciales que el mero uso de las letras y las palabras.

Siendo como soy, un niño al que le gustan los juegos que desafían la imaginación y permiten, como en la literatura, hacer abducciones, variaciones y derivaciones que conduzcan al inmenso reino de las posibilidades y de la diversidad, que es donde deben habitar los LECTORES LUDI, se me ocurrió pensar que ese método, experimentado por Guillermo Sánchez Trujillo con Kafka y Dostoievski, era un umbral a ese reino en donde todo es lo mismo y todo es distinto.

En primer lugar, el profesor Guillermo Sánchez Trujillo, desvela y descifra el misterio de los elementos que Kafka tomó de Dostoievski por medio de "su técnica del palimpsesto" -como él la denomina- y, de cómo Kafka, con su extraordinaria imaginación y genialidad narradora, construye, no sólo El proceso, sino buena parte de su obra narrativa, con la habilidad y paciencia de los rabinos, aquellos interpretes de las palabras de Yahvé.

En segundo lugar, de esa propuesta me he permitido deducir lo que puede interpretarse como una relación genética, de primer grado, entre Crimen y Castigo y El proceso, la que, hasta el momento, nadie ha explorado a fondo y la que exploraré mínimamente.

En su trabajo, Guillermo Sánchez Trujillo, sugiere la existencia de un “genoma dostokafkiano” que, además, de las interpretaciones de crítica literaria, permite pensar, siendo imaginativo, que en el estudio de la literatura se pueda, también, hablar de una genética literaria y que, mediante una asimilación metodológica, es posible analizar, en las obras literarias, sus códigos genéticos y lograr establecer y descifrar las ascendencias, descendencias, coincidencias, divergencias y mutaciones genéticas que se suceden de una obra literaria a otra, de la misma manera como ya se estudia en la evolución biológica y cultural.

En los últimos años las ciencias de la genética, del cerebro y de la mente, han avanzado lo suficiente, hasta el punto de poder afirmar, como lo hace el genetista Luigi Luca Cavalli Sforza sobre las cualidades biológicas de la cultura:

"En cuanto a la estructura física de la idea, podemos decir [...] que una idea, vieja o nueva, es un circuito de neuronas".

Más adelante, agrega Luigi Luca Cavalli Sforza:

"Se puede decir que la cultura es un mecanismo biológico, en tanto depende de los órganos para fabricar los utensilios, la laringe para hablar, las orejas para oír, el cerebro para comprender, etc., que nos permiten comunicarnos entre nosotros, inventar y construir nuevas máquinas capaces de desempeñar funciones útiles y especiales, hacer todo lo que resulta necesario, deseado, posible. Pero es un mecanismo dotado de gran flexibilidad que nos permite llevar a cabo cualquier idea útil que se nos ocurra, y desarrollar soluciones para los problemas que van surgiendo aquí y allá" (2).

En este contexto, se puede empezar por afirmar que Kafka, como el rabino que siempre temió ser, engendró y escribió su propia Thora, su Libro, generando con él un organismo literario vivo, original, único, como la criatura impredecible y única, escrita en las letras y códigos de un genoma que nace de la fecundación de un óvulo por un espermatozoide.

Por eso es delicioso emprender este juego de hipótesis descabelladas que pretenden demostrar cómo funciona ese asunto de la genética literaria y cómo, mediante sus técnicas, es posible hablar de la existencia de un genoma literario, de códigos genéticos que se transmiten de generación en generación, así como, también, establecer la paternidad, determinar su sexo, sus adaptaciones, su fertilidad, etc., porque pienso que también existen obras literarias machos y hembras, padres y madres. Y, lo más importante, que ese legado hereditario existe, evoluciona y muta, como sucede con la evolución de padres a hijos.

Así como que también es posible pensar, conectando la genética biológica con esa genética literaria, que existe un ADN mitocondrial literario.

Es ese ADN específico que es trasmitido sólo por las hembras y el cual es siempre el mismo, permanece inmodificable desde la primera madre, pasando de generación en generación, sin importar las mezclas, cruces y mutaciones, de la misma forma que sucede en el caso de los humanos.

Si esto último fuera cierto, es posible, entonces, imaginar, como lo dije atrás, que existen obras literarias hembras y machos, padres y madres. Algo así como que en la literatura se da la posibilidad de que existan las obras engendradoras, las obras reproductoras y, aquellas obras que son reproducciones o, todas a una. Aun cuando, un gran volumen de la literatura que se produce, sólo para mercadearse, son engendros.

Algunos críticos, como Gérard Genette (3), hablan de transtextualidad, de parodia o de palimpsesto o de otras relaciones entre las obras literarias que han sido denominadas con una Babel de términos. En fin, son asuntos ya bien investigados, estudiados y sustentados, pero también, sofisticados. Yo no aspiro a tanto, pero me interesan porque veo en ellos a genetistas idealistas avergonzados de ser de carne y hueso.

El asunto mío, es jugar con la imaginación. Es complicar las cosas como parte de un juego mental sin otra finalidad que la del juego por el juego, como el de los niños, que ya definí y metaforicé en otro libro, cuando dije:

"Es, en ese jugar en el que el niño, en el ámbito de la lengua de su cultura, crea sus propias palabras y su propio lenguaje, las dos herramientas fundamentales del pensar y del actuar de los Homo-Humanos. Y, esa creación de sus palabras y su lenguaje, es lo que hace, entre otras cosas, único, exclusivo y diferente a cada Homo-Humano" (4).

Como bien lo plantearon Lev S. Vigotski y otro ruso, igualmente genial: Mijaíl M. Bajtín:

"Los factores sociales modelan la mente y construyen el psiquismo. Así como: El lenguaje es un producto de la actividad humana y es una práctica social" (5).

Agregaría que, en el mismo contexto de esa economía y producción, al jugar con la literatura de esta manera, se estaría jugando con esa otra dimensión del juego que, como ya también lo escribí antes, consiste en conocer y ejercitar, para descubrir y probar la extensión de la realidad y de la imaginación hasta más allá de las fronteras establecidas, hacia el horizonte.

Horizonte que se descubre al gozar jugando por jugar, sin la soberbia de pretender ser más de lo que creemos que somos: El Homo-humano es un misterio por resolver que tiene la pretensión de ser "El Ombligo del Universo" y creerse dueño de la Verdad Absoluta.

Empecemos por filosofar. Esa Verdad Absoluta no existe, todavía. Sólo sé que dicen que Cristo dijo que "la verdad os hará libres" y que, en la búsqueda de esa sencilla verdad, es mejor ser como los niños.

Y, como yo soy como un niño, de múltiples dioses y ningún Absoluto, lo cual es muy divertido, me eximo de cualquier responsabilidad y obligación de pensar y escribir para el mercado académico, del que bien se sabe es el campo de batalla de los fundamentalismos.

Pero, basta de explicaciones y justificaciones no pedidas.

Para empezar con el asunto, me pregunto si Kafka leyó a Dostoievski en su idioma original, pues como ambos pertenecen a culturas e idiomas diferentes, se podría pensar que en sus ADN literarios y lingüísticos también existen similitudes y diferencias o, porque no, posibles conexiones, nexos y correspondencias y sus anversos y reversos. Como sucede, por ejemplo, con Jorge Luis Borges y la literatura inglesa, entre otras.

Las nuevas tecnologías podrían ayudar a desentrañar esas diferencias o conexiones. Sería, algo así, como desarrollar un proyecto "Genoma literario", similar al que se está trabajando con el genoma humano y los genomas de cuanto ser vivo existe. Sobre ese asunto ya se ha hecho algo, como más adelante mostraré.

De todas maneras, ya se sabe que cada gran escritor se expresa con los rasgos, tonos, características y cualidades, de su ámbito genético literario y cultural originario. Los que son una la marca distintiva de su código, que si bien, en términos generales, es común para todos los de su mismo ámbito, son sus particularidades personales y locales, los que los hacen diferentes y propios para cada cual.

Cada cultura produce y reproduce, a partir de una materia primordial, sus propias ideas a su modo y manera y desarrolla su propio estilo de pensar, narrar, teatralizar, poetizar, etc., todo lo cual, como en la evolución biológica, también puede migrar y transplantarse de cultura en cultura, fusionándose, injertándose, reproduciéndose, etc., generando así nuevas ideas, expresiones, estilos, modos y maneras, las cuales, mediante algún evento extraordinario, también generarán descendientes y mutaciones espectaculares, originales y magistrales.

Son esos rasgos genético-literarios sobre los que me gustaría ir mirando, por si acaso. Desarrollar un proyecto, "Genoma literario Kafka" que permita establecer las ascendencias y, si se quiere, sus descendencias.

Como por ejemplo, establecer que Kafka, además de haber sido fecundado y mutado por Dostoievski, también, en su genoma, por ejemplo, tiene códigos aportados por la tradición y La Biblia judía, así como por las incidencias talmúdicas que ya algunos de sus estudiosos han explorado.

O, determinar que también tiene códigos aportados por Don Quijote, por todo aquello ya se dijo de él como, por ejemplo, George Steiner:

"El deleite de Kafka con Don Quijote" (6).

O, por Nietzsche, al que, es un hecho que leyó en alemán y al que utilizó, leyéndole a las muchachas páginas de Así habló Zaratustra para seducirlas (7).

En fin, estos y otros creadores y pensadores que, de alguna manera, aportaron los elementos genético-literarios que fecundaron a Kafka, quien, a partir de ello, escribió tan original, asombrosa y aterradora narrativa, en la que se funden su propia genialidad con sus propias influencias y circunstancias culturales.

Pienso que, en alguna parte, existe un genoma literario que evoluciona y que sufre, como en la biología, eventos extraordinarios o mutaciones que crean esas novedades que generan nuevas especies y que, como en la teoría evolutiva darwinistas, se adaptan a las nuevas realidades en que les corresponde existir. Como la vida, se adaptan a las circunstancias para contemplar el futuro.

Tanto la vida como la cultura, evolucionan y mutan. La cultura, como también lo afirma Jost Herbig, tiene su aspecto orgánico y, en consecuencia, evolutivo:

"El progreso del conocimiento humano no se debe sólo a la adaptación forzosa de nuestros órganos sensoriales al entorno, sino también a otro "órgano" decisivo: nuestra "percepción cultural" del mundo" (8).

Como quien dice, existe un genoma cultural y literario que, como un organismo, también, evoluciona y muta y del que es posible estudiar sus transformaciones y desarrollos, como ya lo están demostrando los genetistas biológicos y culturales como lo hace Luigi Luca Cavalli Sforza.

Y que, igual a lo que sucede en las ciencias que investigan el origen y evolución biológica de la humanidad, las ciencias que investigan el desarrollo cultural, apenas logran entrever y descubrir hechos fragmentarios de una génesis y evolución, en una historia perdida en las tinieblas del tiempo.

Para ilustrar estas hipótesis descabelladas que serán temas y asuntos que ampliaré en otros capítulos de este libro, he aquí algunos ejemplos.

Durante el período minoico y micénico que concluye con la Guerra de Troya, se produjo el caldo de cultivo en el cual se gestaría la cultura griega, se engendrarían los poemas homéricos y la poesía que dominó el pensamiento griego por casi tres siglos, desde el siglo VIII a. C. hasta el V a. C. Un caldo de cultivo en el que se mezclan, funden, fusionan, reproducen, replican, imitan, mutan, migran, etc., las "bases genéticas" de los ADN de las culturas minoicas, mesopotámicas, palestinas, semíticas, egipcias, etc. Es, en ese crisol del Mediterráneo Oriental, del que nacerían las culturas de Occidente (9).

En el siguiente capítulo y en el Apéndice 1, trataré con mayor amplitud sobre los antecedentes minoicos hasta la Guerra de Troya y sobre esos tres siglos -VIII a. C. hasta el V a. C.- durante cuales se expandió un imperio de Ciudades-Estado por el Mediterráneo y el Oriente Cercano, con las consecuentes migraciones e intercambios culturales que, al fusionarse, finalmente mutaron hasta la consolidación tanto de la Grecia de Perícles como de la cultura y el pensamiento griego, con sus luces y sombras, las mismas que se expandieron por el mundo conocido con el Imperio Alejandrino, durante el período helenístico y con el Imperio Romano.

Culturas y pensamientos, hoy reconocidos como clásicos que, además de la novedad filosófica, igualmente, generó el nacimiento de un nuevo género literario propio: la dramaturgia, la tragedia, la misma que, todavía hoy, continúa vigente y que, veinte siglos después de Esquilo, Sófocles y Eurípides, Shakespeare restituyó y superó, en el teatro isabelino, hasta niveles esplendorosos, no superados.

Al igual que se me ocurre pensar en la originalidad y novedad que representó el "sentido de lo trágico" que, obviamente, no fue invención griega, pero si el resultado de la evolución o mutación de conceptos procedentes de las culturas de Caldea, Egipto, Persia y culturas del Mediterráneo, el Norte europeo y el Oriente asiático, cercano y lejano, los cuales se amalgamaron allí y que, junto con el pensamiento filosófico griego, contribuyeron a desvelar y modelar a ese hombre que describe Jairo Ibarbo:

"Consideraré que la tragedia se da solo porque existe el hombre, tanto como ente razonador como proyector de ensueños y sensaciones" (10).

Será entonces, en ese "sentido de lo trágico", donde se radicará el ADN mitocondrial que marcará la cultura occidental, desde entonces y hasta ahora y, cuya interpretación y expresión, ha dado origen a toda esa cultura que se expandió desde el caldero del helenismo hasta hoy, con sus correspondientes variaciones y mutaciones.

Cambiando el escenario, llama la atención que en la cultura latina se hubieran inclinado, con mayor éxito, por las expresiones poéticas. Por un lado, la épica homérica que, por ejemplo, incidió en Virgilio y su Eneida. Y, por el otro, la poesía lírica de los poetas griegos que se manifiesta en Cátulo, Horacio, Ovidio.

En cambio, la tragedia y las demás manifestaciones dramáticas, paradójicamente, no alcanzaron mayor popularidad, cuando, al momento de la conquista de Grecia por parte de los romanos, la dramaturgia mantenía en Grecia, todavía, su popularidad.

Podría ser que, los romanos a diferencia de los griegos, tenían otros gustos, quizás más espectaculares y populistas, a la hora de las expresiones culturales públicas.

O que, siendo la Iliada el primer texto en ser traducido al latín, fuera su tono épico homérico y el tono lírico de los otros grandes poetas griegos posteriores, el que mejor se asimilaba al gen cultural y literario romano. Al fin y al cabo, el etrusco era un pueblo guerrero y conquistador que estaba evolucionando con sus conquistas, las que darían origen al imperio romano, más inclinado hacia la épica y la epopeya de un pueblo conquistador que hacia la tragedia que es más la expresión de un pueblo en la cima crítica de su supremacía.

Seguramente, estas mismas condiciones y circunstancias de genética cultural guerrera, fueran asimiladas por las culturas que, cinco siglos después, conquistaron y provocaron la caída del Imperio Romano.

Culturas que, luego de su asentamiento y hasta el Quatrocentto, imitaron más que evolucionaron a aquellas manifestaciones culturales, ya mejor denominadas latinas, tal y como se manifiesta, por ejemplo y primero, en los cantares de gesta y, luego con otros tonos y códigos, en Petrarca, Dante, etc.

Es, precisamente, de la Eneida, de Virgilio y de otros poemas helénicos, de donde se toman, imitan y traducen, los primeros modelos y motivos para los “Roman”, los mismos que inspirarán, a mediados del siglo XII, la saga artúrica y, con ella, el nacimiento de ese género especial que son las aventuras de caballería, de las que son ejemplos memorables: la saga artúrica, Amadís de Gaula (1508); Orlando o Rolando furioso (1516), de Ariosto.

Género que perdurará, por cinco siglos, hasta 1605, cuando, finalmente, engendrará la más gloriosa de sus degeneraciones: la gran mutación que es Don Quijote de la Mancha, manifestación literaria, burlescamente épica, del ya decadente Sacro Imperio español y la novela madre de la novela occidental moderna. De eso hablaré más adelante.

Como puede verse, las culturas guerreras, cultas o bárbaras, se sienten mejor expresadas en el tono épico y epopéyico que en el gen trágico que se manifiesta en aquellas culturas con otras necesidades e inquietudes existenciales, políticas y religiosas.

Pero es también, en esa época de la decadencia del imperio romano, cuando aparece e interviene un nuevo gen literario-cultural: el gen del cristianismo. Un gen mutado de la unión del gen judaico en diáspora con ese gen trágico griego, ya sincretizado del pasado y vuelto a sincretizar en crisol del helenismo, para fundirse en la cultura romana.

Ese nuevo gen del cristianismo que estará sometido al idealismo cristiano que los padres de la iglesia tomaron e interpretaron de las ideas de Sócrates, Platón y Aristóteles, para fundamentar la teología y la ideología católica; idealismo que, desde entonces, ha dominado la casi totalidad de la reflexión filosófica y científica occidental, porque el pensamiento materialista, hedonista y científico de los antiguos filósofos y científicos griegos, fue estigmatizado, reprimido y condenado o a la hoguera o a la clandestinidad, por las persecuciones del imperio papal. Sobre este tema ya existe una amplia y saludable polémica, de la que los libros del francés Michel Onfray dan buena cuenta.

Ese nuevo gen del cristianismo, idealista y teologizado, también dará origen a diversas manifestaciones culturales, en particular, a dos expresiones específicas que destaco por el peso de su incidencia en la evolución y formación de la cultura y la literatura, hasta hoy:

En primer lugar, la innovación que introduce San Agustín (354-430) con la expresión literaria del yo interior, en sus Confesiones (397-401).

Yo interior que evolucionará y mutará hasta alcanzar su plena maduración luego de pasar por la criba de la Divina Comedia, El convivio y las otras obras de Dante (1265-1321) y por el crisol multicultural del Renacimiento, para consagrarse, en su máxima y definitiva expresión, en la dramaturgia de William Shakespeare (1564-1616).

El Shakespeare creador de los personajes monologantes, reflexivos, ensimismados, descritos por Harold Bloom (11), que se constituirán, con su yo interior, en el gen dominante que establecerá su marca distintiva en la literatura y la cultura del norte de Europa, desde entonces y hasta ahora: el Romanticismo; la novela gótica del siglo XIX; la literatura de los estadounidenses, Poe, Melville, Hawthorne; la gran novela rusa: Dostoievski, Tolstoi, etc.; la gran novela del siglo XX: Joyce, Mann, Broch, etc.

Un Shakespeare que exploró, antes que nadie, en la trágica y ambigua complejidad psicológica y metafísica del ser humanos. Complejidad y tragedia que, apenas cuatro siglos después, intentarán desvelar, sin la belleza y profundidad shakesperiana, las psicologías y las fenomenologías modernas y posmodernas.

Un Shakespeare que, ya desde entonces, había planteado una psicología, una fenomenología y una metafísica, diferenciada y particularizada, para hombres y mujeres. Asunto sobre el cual, Georg Simmel, también, ya había llamado la atención, hace más de cien años, sin que se atendiera su reclamo:

"Uno de los más profundos conocedores de Shakespeare observa: en Shakespeare los hombres tienen una historia, que es de progreso o de hundimiento moral; sus mujeres, en cambio, actúan y sufren, pero es raro que progresen y se desarrollen (seldom are transformed)" (12).

Lastimosamente, sobre este asunto de particularizar las ciencias del comportamiento humano para lo femenino y lo masculino, ha sido poco o nada lo que se ha propuesto.

En segundo lugar, ese nuevo gen del cristianismo, combinado con los genes provenientes de las culturas de moros, judíos y de los pueblos de la península ibérica, engendrará el gen mozárabe, el que, con la participación de algunos elementos provenientes de otras culturas renacentistas, será el que, a su vez, generará, en las culturas latino-árabes del Mediterráneo y en particular, en la España liberada, la gran mutación que se manifiesta con los personajes dialogantes, extrovertidos, filosofantes y andariegos de Miguel de Cervantes: don Quijote y Sancho Panza, entre otras criaturas literarias.

Personajes extrovertidos que, a su vez, se constituirán en ese otro gen dominante de la literatura universal moderna del que descenderá toda esa otra gran literatura que culmina en la gran novela francesa del siglo XIX y dará pie a la literatura del siglo XX.

Anverso y reverso, Shakespeare y Cervantes, como bien fueron descritos por Harold Bloom (13).

En este cuadro de incidencias, descendencias, evoluciones, cruces y mutaciones, del gen del cristianismo, es necesario considerar como caso aparte a las literaturas rusa y eslava con sus propios y particulares ascendentes genéticos culturarles y literarios: Tolstoi, Dostoievski y todos los demás, en quienes las conexiones y resultantes genéticas son tan amplias, complejas y particulares que merecen un estudio propio.

Ahora bien y dada la importancia que para la literatura moderna representan Cervantes, don Quijote y Sancho, es necesario explicar la determinante incidencia de ese otro gen cultural y literario, de ascendencia de moros y judíos que por siete siglos se gestó, evolucionó y mutó, en la península Ibérica.

Ese gen moro-judío que, por los últimos cinco siglos ha sobrevivido, oculto y clandestino, a pesar de la hoguera inquisitorial y las persecuciones del arribismo monárquico español que, desde el siglo XV, han tratado de exterminarlo y desaparecerlo, pero que continúa ahí, vivito y coleando, circulando por las arterias de la cultura hispánica.

Ese gen literario moro-judío no es otro que aquel que, de manera temeraria, desvela el mismo Cervantes al inicio de la segunda parte de Don Quijote:

"Los árabes son "embelecadores, falsarios y quimeristas" (es decir, magníficos escritores de ficción) (14).

Cita de Don Quijote que complementa Luce López-Baralt:

"El Caballero de la Triste Figura lleva razón cuando asegura que sólo un sabio encantador puede violar el espacio de las conciencias y abolir el tiempo. Está, pues, en las manos peligrosas de un "raro inventor" (Cervantes en El viaje del Parnaso) de la misma calaña de Sheherezade, y nuestro soñador manchego tiene por seguro que la crónica de su vida habrá de ser delirante. Ya sabemos que no se engañaba" (15).

Y que, por supuesto, agrego yo, para ampliar el argumento ya citado de Harold Bloom: los personajes cervantinos, son de una extroversión emocional masculina igual o mayor a la de su capacidad de narrar quimeras. Quimeras como las de las Mil y una noches, que es precisamente la tradición en las que se contiene y se desarrolla el gen narrativo y poético que les dará vida y forma: Don Quijote.

El mismo gen narrativo y poético que mutó, en extensa cópula cultural, con los genes culturales y literarios, helénico-latino-cristiano-moro-judío, ibérico, franco, etc., hasta "engendrar" ese nuevo "género" que en adelante será la novela moderna de Occidente.

Sin embargo, hay que anotar que, como condición necesaria para la integración, evolución y mutación del gen moro-judío en la cultura y literatura europea, este tuvo que adquirir el carácter de clandestinidad con el que se engendra en Cervantes y que, a su vez, esa clandestinidad, se constituye en una de las condiciones indispensables para su expresión y éxito posterior, pues sólo de esa manera clandestina, la nueva cultura y literatura que muta a partir de él, puede sobrevivir a la persecución y establecer su propio metaescenario.

Metaescenario en el cual le es posible explorar y expresar los misterios de la tragedia humana más allá de los dogmas e ideologías dominantes y crueles de su época, así como establecer los puntos de partida para mirar hacía los horizontes y trazar las fronteras nunca imaginadas ni exploradas, tal y como lo hicieron, en fructíferos reproductores genético-literarios: Fernando de Rojas en su Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina (¿1499?) o, Erasmo de Rotterdam (1466-1536), con su Elogio de la locura (Encomion moriae seu laus stultitiae), 1511 o, François Rabelais (1494-1553), en sus Gargantua y Pantagruel (1532-1534).

En otro escrito sugiero una relación del Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina, con Fernando González.

Tal situación de ocultamiento y clandestinidad que es, ya de por sí, un capítulo independiente y que forma parte de toda esa tradición de la literatura.

Tradición de lucha clandestina que vuelve a tener un especial renacimiento con los escritores satíricos rusos de finales del siglo XIX y buena parte del siglo XX, así como todos aquellos otros que se expresaron durante la macabra dictadura de Stalin y las dictaduras de tantos otros psicópatas que han aterrorizado a la humanidad en todos los lugares y tiempos de la historia de humanidad.

En fin, tema para muchas otras y deliciosas hipótesis descabelladas. Pero, debo regresar a mi asunto que también presenta otros aspectos que deben ser explorados.

Por ejemplo, me he encontrado con referencias que afirman que Shakespeare pudo conocer la obra y el pensamiento de uno de mis personajes admirados, Giordano Bruno, así como saber de su permanencia en Inglaterra, al igual que de la presencia de otros exiliados y viajeros italianos renacentistas que se acogieron a la hospitalidad anticatólica que ese reino ofrecía y, quienes, abierta o clandestinamente, también trasportaron los genes de su cultura, ideas y literatura, desconocidas para los ingleses y clandestinas en casi toda Europa.

Sobre el asunto de Giordano Bruno y Shakespeare he tratado en otros escritos (16) y se explica en el capítulo 5 de este libro.

Esto hace pensar en la migración de esos genes latinos y renacentistas que se injertan en la literatura inglesa de la época isabelina y que contribuyen a engendrar esa literatura, la que, con ese peculiar tono evolucionó y perdura hasta hoy, en la obra de artistas tan definitivos como:

Shakespeare, su teatro y poesía; Milton con su Paraíso perdido; el satírico Swift, con Los viajes de Gulliver; Fielding, con Tom Jones; Defoe, con Robinson Crusoe; el extrañamente romántico y místico, W. Blake; la novela gótica; Joyce, con Ulises; los estadounidenses del siglo XIX, y un largo etcétera.

Es que ya desde el siglo XV se desplazaban, se fijaban y mutaban, por Europa y América, todos estos genes helénico-latino-cristiano-moro-judío, etc., y las variaciones de sus combinaciones que darían origen a las culturas y literaturas occidentales.

Genes literarios que por el sur, fecundan a los franceses, Rebeláis para su Gargantua y Pantagruel; Voltaire, para su Cándido y otras novelas y relatos; Diderot para su Jaques el fatalista; Víctor Hugo y otro largo etcétera.

Por el norte, fecundan a los alemanes, Goethe, Herder, Schiller, Hölderlin, Kleist, Novalis, etc.

Un asunto de nunca acabar, la historia de los últimos cinco siglos de la literatura Occidental.

Así que mejor dejo la lista abierta y paso, ahora, a explorar ese otro sector de mi genética literaria que mencioné antes: lo femenino.

Existe un antiquísimo y poco explorado ADN mitocondrial literario que hace pensar en varios territorios relacionados con lo femenino.

El primero de esos territorios es el mismo ADN mitocondrial literario que ha permanecido inalterable, desde el origen, en los elementos o motivos femeninos de la literatura. Este tema ha sido tratado en otros de mis escritos.

El segundo de esos territorios es la hipótesis descabellada que anuncié antes como la posibilidad de que existan obras literarias hembras y machos. Algo así como que en la literatura existen las obras engendradoras, obras reproductoras y, aquellas obras que son reproducciones o, todas a una. Aun cuando, en el camino y como lo dije antes, también se gestan y nacen engendros.

Como este asunto de las obras literarias hembras y machos es inmenso y complejo, me limito a mencionar un par de lugares comunes como un punto de partida para reflexiones de más largo aliento.

Por ejemplo, se puede decir que los poemas homéricos son los padres de la literatura occidental. Que La Biblia es madre de todas las historias, temas y asuntos de la literatura universal de los últimos dos mil años. Que Don Quijote, es la madre de la novela moderna.

O, para relacionarlo con el trabajo de Guillermo Sánchez Trujillo, se podría decir que, de alguna manera, Crimen y castigo es un padre para El proceso, a lo que cabría preguntar: ¿Quién es la madre? ¿Qué papel fecundador juega Así habló Zaratustra? En fin, asuntos kafkianos de los que hablo en otro libro.

Y, el tercero, es ese extraño territorio en el cual las mujeres y sus poderes, se manifiestan en las culturas y las obras literarias.

Pienso que ese gen o ADN femenino se debió originar en la figura y el mito chamánico primitivo de la Diosa Madre (ver Apéndice 1), la Dama Celeste, la Amante Invisible, la Dama Sobrenatural, el eterno femenino, en fin, el amor, el erotismo, ese matrimonio y viaje sobrenatural que conduce a las luces del éxtasis y a las tinieblas del inframundo o, si se quiere, al otro mundo o a la muerte en vida o a lo ineluctable. En fin, en ese matrimonio y en la erótica sobrenatural chamánica, sobre lo que, Mircea Eliade, hace amplia y autorizada exposición (17).

Cuando hablo de territorio femenino, me refiero sólo a aquel en el cual lo femenino es la representación de poderes superiores o sobrenaturales y no a la representación humana de las mujeres como personajes.

Aun cuando, luego de leer el ensayo Para una filosofía de los sexos, de Georg Simmel, ya citado, pareciera absurdo dividir lo femenino en físico y metafísico, pero ese sería otro asunto (ver Apéndice 2). Dice Simmel:

"La diferencia entre los sexos, aparentemente una relación bipolar de dos términos lógicamente equivalentes, es sin embargo típicamente más importante para la mujer que para el varón. Es propio de la mujer que para ella sea más esencial ser mujer que para el varón el hecho de ser varón. Para el varón, la condición sexual consiste, por decirlo así, en hacer; para la mujer, en ser" (18).

Ahora bien, estos poderes femeninos son poderes simbólicos, por un lado, positivos o benignos, tal el caso de las hadas buenas y, por el otro, encarnaciones de otros poderes secretos y herméticos mediante los cuales los hombres se comunican con la Gran Sabiduría.

Y, por supuesto, el otro lado de la moneda, lo femenino de poderes malignos: Medusa, la bruja, Melusina, Morgana, la mujer fatal, etc.

Si se piensa que lo femenino es, con pleno derecho, un gen universal sin excepciones y, quizás, el más antiguo de todos, es inexplicable que en las representaciones de las mujeres como personajes, sean excepciones los grandes personajes femeninos y casi siempre representadas como figuras que encarnan historias de amor, trágicas o dramáticas o tragicómicas o, simplemente, sentimentaloides.

En cambio, en el terreno de lo secreto y de lo hermético, así sean pocas, las figuras femeninas son grandiosas y misteriosas.

Para mencionar, la Laura, de Petrarca; la Beatriz, de Dante; la oculta dama de los Sonetos, de Shakespeare; la Dama como Naturaleza, de Goethe. Así como algunas de las extrañas figuras femeninas que toman forma en los románticos, los simbolistas y los surrealistas.

Son esas, las Damas herméticas con poderes sobrenaturales o mágicos, las que explica Elémire Zolla y a las que, entre otras cosas, define así:

"La mujer tiene el privilegio de conocer alguna verdad por revelación directa del vientre, fiel réplica de la caverna o huevo cósmico, pulpo marino o medusa que la rige y la atormenta" (19).

Como anotación marginal y dándole un giro positivo al asunto de lo femenino y sus misterios, bien valdría la pena conocer la reflexión que hace Georg Simmel, sobre la feminidad absoluta y su contraposición con la relatividad masculina (20), lo cual contribuiría a despejar buena parte de los malentendidos y prejuicios que enfrentan a los sexos y de los cuales nacen mitos, leyendas y estigmatizaciones.

Ahora bien y para decirlo de otra manera, la Dama, es ese poder de lo femenino que, en sus múltiples manifestaciones e interpretaciones, perdura, oculta y clandestina, en las culturas y las literaturas, sin dejar de ser un misterio o un secreto por desvelar. Ello, a pesar de las persecuciones, las exclusiones y la esterilizante marianización.

Ya para concluir, quisiera hacerme un par de hipotéticas preguntas sobre el sentido y el significado con el cual asume la representación de lo femenino, de las mujeres, Fernando González, un Sabio escritor colombiano, poco estudiado y muy malentendido.

Desde mis primeras lecturas, siempre me han fascinado y pasmado la desnudez de la muchacha alsaciana, paradigma de esos vitales y herméticos personajes femeninos en la obra de Fernando González:

¿Qué significan esas vitales muchachas de Fernando González: mademosille Tony, la muchacha alsaciana; Martina la Velera o, hasta el misterio de la misma gata Salomé?

O, me pregunto: ¿qué pretendía, o qué oculta, Fernando González sobre el asunto de lo femenino en sus obras y, en especial, en La tragicomedia del padre Elias y Martina la Velera?

O, ¿qué es lo quiere decir cuando afirma?:

"Sospecho que vuestra merced era el que daría la versión andina de La tragicomedia de Calixto y Melibea de que hoy tiene necesidad la gente" (21).

O, cuando, en La tragicomedia, dice aquello de los

"[...] sabios judíos, sefarditas cristianos, entre los que vive hace tiempos Lucas de Ochoa" (22).

¿Será este otro código genético literario que habrá que decodificar?

Finalmente, todo son misterios y territorios sagrados, por desvelar, explorar y continuar jugando a ser LECTOR LUDI.

Al fin y al cabo, toda obra literaria se gesta desde la mujer, en la vida, en el amor, en el dolor, en el miedo y en la muerte, a partir de todos esos diversos arquetipos genéticos y de un único ADN mitocondrial que la hace tal: la primigenia fascinación de contar cuentos, de descubrir conocimiento e inventar del Homo-Humano.

Los misterios de la genética literaria podrían llegar a ser tan fascinantes y complejos como los de la genética biológica y, a lo mejor algún día, se llegue a demostrar que todo y uno, somos una y la misma cosa.

Ojalá mi juego inspire a otros a realizar sus propios juegos y a compartirlos con los amigos.

NOTAS

(1) Guillermo Sánchez Trujillo, Crimen y castigo de Franz Kafka. Anatomía de El proceso, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2002.
- Franz Kafka, El proceso, Edición crítica por Guillermo Sánchez Trujillo, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2005 (existe versión en Internet).
- Guillermo Sánchez Trujillo, El crimen de Kafka. Caso cerrado, La Carreta Editores E. U., Medellín, 2006.
(2) Luigi Luca Cavalli Sforza, La evolución de la cultura, Anagrama, Barcelona, 2007, p. 100 y p. 114.
(3) Gérard Genette, Palimpsestos. La literatura en segundo grado, Taurus, Madrid, 1989 (519 p.).
(4) Iván Rodrigo García Palacios, Sin la lectura... ¿Quién soy yo?, Medellín, 2008, capítulo 6o, segunda parte. Ver blog: http://lectorludi.blogspot.com/
(5) Adriana Silvestri y Guillermo Blanck, Bajtín y Vigotski: la organización semiótica de la conciencia, Anthropos, Barcelona, 1993 (286 p.), p. 24 y 32.
(6) George Steiner, Pasión intacta, Notas sobre El proceso de Kafka, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1997, p.305.
(7) Daniel Desmarquest, Kafka y las muchachas, Editorial Edaf, Madrid, 2002, p. 24.
(8) Jost Herbig, La evolución del conocimiento, Del pensamiento mítico al pensamiento racional, Editorial Herder, Barcelona, 1996 (333 p.). En esta obra, busca conciliar las teorías biogenéticas más radicales con la poesía, la política y la cosmogonía de la Grecia clásica.
(9) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega, El Acantilado, Barcelona, 2002.
(10) Jairo Ibarbo, Incertidumbre y objetividad en el conocimiento, Editorial Phi, Medellín, 2003 (174 p.), p. 21.
(11) Harold Bloom, Cómo leer y por qué, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2000 (337 p.), p. 177
(12) Georg Simmel, Sobre la aventura. Ensayos de estética, Península / Debolsillo, Barcelona, 2002 (441 p.), p. 136.
(13) Harold Bloom, Cómo leer y por qué…, p. 177
(14) Luce López-Baralt, El viaje maravilloso de Buluquiyâ a los confines del universo, Editorial Trotta, Madrid, 2004 (158 p.), p. 12.
(15) Luce López-Baralt, El viaje maravilloso de Buluquiyâ a los confines del universo..., p. 12.
(16) Iván Rodrigo García Palacios, CUADERNO DE CITAS-20, De Séneca a Bruno, de Bruno a Shakespeare. Ver blog: http://lectorludi.blogspot.com/
(17) Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, Fondo de Cultura Económica, México, 1993 (484 p.).
(18) Georg Simmel, Sobre la aventura, el ensayo: Para una filosofía de los sexos…, p. 94.
(19) Elémire Zolla, La amante invisible, La erótica chamánica en las religiones, en la literatura y en la legitimación política, Paidós, Barcelona, 1994 (154 p.).
(20) Georg Simmel, Sobre la aventura. Ensayos de estética…, pp. 87 a 168.
(21) Fernando González, La tragicomedia del padre Elias y Martina la Velera, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1995 (252 p.), p. 10
(22) Fernando González, La tragicomedia del padre Elias y Martina la Velera..., p. 9.
Cap. 2. "Un hilo de sangre"

Capítulo 2

Las grandes mutaciones literarias
y el nacimiento de la literatura moderna



La literatura es el resultado superior de la evolución del lenguaje humano.

Es el medio para la expresión del pensamiento, para la conservación y la comunicación del conocimiento, para la contemplación de nuevas visiones en la exploración de los misterios de la naturaleza humana y en los esfuerzos por desvelar los secretos del universo y sus leyes. Y, por supuesto, para la expresión de la belleza.

Como el Homo-Humano, la cultura, el lenguaje y la literatura han evolucionado con él y, al igual que sucede con los fenómenos de la genética biológica, en la literatura como en los lenguajes y formas de expresión humana operan procesos de evolución y se producen cambios y mutaciones que generan nuevas formas y expresiones mediante las cuales se logran adaptaciones para enfrentar y resolver los problemas, las necesidades y las circunstancias que, la dinámica del cambio constante de la naturaleza, del planeta y de su propia cultura, le exigen.

Tomando lo anterior como punto de partida, se podría pensar en utilizar, de manera libre e imaginativa, algo de la metodología de la genética biológica y proponer algunas hipótesis descabelladas de genética y evolución literaria, tal y como han sido ya propuestas para la evolución cultural.

Propongo la idea de que existe un genoma literario que evoluciona y muta, generando y produciendo fenómenos y resultados concretos, comprobables y estudiables, como aquellos que se estudian en los seres vivos y sus relaciones.

Para efectos del estudio de una genética literaria, como en la genética biológica, es necesario plantear que los diversos elementos que conforman una obra literaria son, en principio, “un mecanismo biológico”, tal y como lo propone el genetista Luigi Luca Cavalli Sforza, con forma y contenido, que evoluciona y muta de diversas maneras, de una generación a otra, con mayores o menores transformaciones, generando la aparición de nuevas o diversas formas y contenidos literarios que, sin dejar de ser hijos de sus padres, son diferentes y únicos.

Podría decirse entonces que, en las obras literarias, se presentan e integran elementos, motivos y cualidades que provienen de la naturaleza, bien, de un original y primordial material o, bien, que han sido injertados de otras obras anteriores, y, los cuales, actúan como códigos genéticos que, a medida que evolucionan y mutan, se van transformando o adaptando para, con ellos, crear nuevas y originales obras literarias. Estos elementos, motivos y cualidades, así como sus características son posibles de identificar, analizar, diferenciar y proyectar.

Se puede pensar que, por similitud, ese es el mismo objetivo que se busca cuando se estudia la evolución de la filosofía, la ideología, la psicología, la sociología, la teología, la historia, en fin, de todos los inventos del Homo-Humano.

O, para estudiar la poesía, la narrativa, el teatro, etc.

O, con mayor similitud, ese es el objeto de los estudios de la morfología, la lingüística, la filología, etc., sobre las culturas y los lenguajes.

Estas últimas son las ciencias y artes que estudian las manifestaciones y expresiones del Homo-Humano y las obras que crea, con el fin de establecer y esclarecer las incidencias, más complejas y profundas o más sencillas y superficiales, con las que tanto las culturas como los lenguajes, afectan sus desarrollos, evoluciones y mutaciones.

En términos generales, culturas y lenguajes, son el resultado de la combinación, mezcla y amalgama de una inconmensurable cantidad de elementos que, en condiciones ilimitadas, se desarrollan y actúan, aleatoria y simultáneamente.

Sin embargo, para efectos de estudio y método, es necesario partir de aislar un sector de esa compleja realidad para analizarlo, lo más ajustadamente posible, en la totalidad de su contexto.

De esta manera es posible, entonces, realizar el análisis de una obra literaria, única, que hace parte de una especie común, conectada con otras especies que le son familiares y que, a su vez, comparten, en diferentes grados y niveles, el mismo contexto y características.

Por supuesto, en el campo de las ciencias literarias ya existen y con gran propiedad, todo tipo de estudios relacionados con la filología, la lingüística, el formalismo y, hasta con una especie de genética, que se proponen desvelar esa maraña de relaciones de las obras literarias entre sí, desde distintos puntos de partida o de vista como, por ejemplo, los estudios de Gérard Genette sobre la transtextualidad (1) y muchos otros similares, anteriores y posteriores.

Ello, sin olvidar aquellos otros que estudian la poética y la estética de las obras de arte y, en medio de los cuales, esta genética literaria no sería otra cosa que una novelería más, un juguete nuevo, con el cual los LECTORES LUDI puedan jugar con sus lecturas, demostrándose a sí mismos que la literatura, al fin y al cabo, es algo único, fascinante y, por qué no, de infinitas potencialidades y posibilidades de juego y gozo.

Además de ser un delicioso elixir para la salud y el bienestar mental y fisiológico, como bien lo pueden comprobar los Maestros LECTORES LUDI.

Bien, continuando con el asunto y, como ejemplo, empiezo por tomar la afirmación que hace Harold Bloom, quien atribuye a las obras y personajes de Shakespeare y Cervantes, una naturaleza psicológica particular y particularizable, la que puede ser definida, establecida y estudiada, como si se tratara de individuos específicos.

Este objeto/sujeto literario, con características psicológicas y mentales tan propias como las de un humano, es el resultado de los aportes de la naturaleza genial y de los ámbitos culturales y lingüísticos de sus autores, ámbitos que, al mismo tiempo y consecuentemente, han creado y afectan, influencian y determinan, no sólo en su presente, si no también el futuro.

Esto es lo que dice Harold Bloom:

"Podemos establecer, creo, el principio de que el cambio, ese ahondamiento e internalización de sí mismo, es absolutamente antitético si comparamos a Shakespeare con Cervantes. Sancho y don Quijote desarrollan personalidades nuevas y variadas escuchándose uno al otro; Falstaff y Hamlet levan a cabo el mismo proceso escuchándose a sí mismos" (2).

Se podría pensar que el genoma literario del que descienden los personajes y situaciones de Shakespeare y de aquellos que de él descienden, provendrían de una cepa común que, remontándose en el pasado, nos lleva a la cara introspectiva de la cultura latina: al San Agustín de Las confesiones, primera evidencia del yo interior narrado. A Petrarca y a Dante que han cribado a Virgilio y a Agustín, imitándolos, evolucionándolos o mutándolos, a través de sus controversias y admiraciones.

¿Será de ellos y el espíritu del Renacimiento, de donde Shakespeare obtiene esa iluminación que le permite crear ese Yo interior, reflexivo y monologante, en el cual se inspira toda la psicología posterior, como la que Bloom describe para los ingleses y nórdicos, en general?

O, en el caso de Cervantes, ¿será que el genoma cervantino habría sido modificado por un toque diferente y adicional al de la cultura latina, aquella de la cara extrovertida del al-Andalus, de su ascendencia mora y judía, de la que el propio Cervantes fuera su víctima, tanto durante su cautiverio como siendo habitante de la España de su tiempo. Genomas mutados a partir de los cuales son creados esos Yo dialogantes que son don Quijote y Sancho?

Doctores tiene la sacrosanta crítica literaria.

Ahora bien, en el estudio del genoma literario, también existen otros elementos que participan en la naturaleza y características de las obras literarias, más directamente detectables e identificables: las herencias, las migraciones, las mutaciones, etc.

Por ejemplo, en el caso de la herencia. Herencia que se manifiesta por un proceso de influencias o fusiones, que es lo más común en la historia de la literatura o por los resultados de injertos deliberados que generan obras literarias particulares o paródicas.

Pero, en general, salvo casos especiales, la herencia literaria es la conjunción de ambos procesos, a veces con la posibilidad de diferenciar los aportes específicos de cada uno de los aportantes y que, finalmente, hacen parte de la evolución y la mutación de los genomas.

Como ejemplo de la herencia por influencias y fusiones que se van extendiendo por un largo período, continuemos con la cita de Harold Bloom:

"Los novelistas mayores de Occidente deben tanto a Shakespeare como a Cervantes. El Ahab, de Melville, protagonista de Moby Dick, no tiene un Sancho; está tan aislado como Hamlet o Macbeth. Tampoco lo tiene Emma Bovary, quijotesca por demás, y en última instancia muere de escucharse a sí misma. El hallazgo de un Sancho en Jim salva a Huckleberry Finn de marchitarse gloriosamente en el aire de la soledad. Si tomamos a Dostoievski, el Raskolnikov de Crimen y castigo se enfrenta con lo que podría definirse como un anti-Sancho en la figura del nihilista Svidrigáilov; y el príncipe Mishkin de El idiota debe mucho a la noble "locura" del Quijote. Mann, muy consciente de la deuda, repite deliberadamente el homenaje que rindieran a Cervantes tanto el poeta Goethe como Sigmund Freud" (3).

Un segundo ejemplo de herencias extendidas en el tiempo, generadoras de nuevas obras, podrían ser las diversas interpretaciones y versiones, unas más directas y sustanciales que otras, y con las cuales, escritores y poetas de épocas y lugares distintos, han re-creado temas, asuntos o personajes anteriores.

Un ejemplo de ello es: el mito de Fausto, cuyas versiones, en orden cronológico, más conocidas son las de Marlowe: La trágica historia del doctor Fausto, de 1588, que sigue el mito de la Historia de Fausten, de Johann Spiesz, de 1587; la de Goethe y Doctor Faustus, de Thomas Mann.

Por otra parte, los casos de injertos deliberados son muchos, unos más puros o artificiales que otros, así, simultáneamente, sean portadores de herencias por influencia o fusión, en distintos grados.

Como adelante intentaré una búsqueda, más que de los genomas literarios de los que descienden algunos troncos de la literatura de Occidente, de las mutaciones que la han transformado, no me extenderé ahora sobre el tema.

Los siguientes son ejemplos ilustrativos sobre cómo podrían establecerse árboles o códigos genéticos literarios:

Remito, en primer lugar, a mi LECTOR LUDI-18 (4) y al capítulo 4 de este libro, en los cuales trato sobre el genoma: Bartleby + Barnabooth = Bartlebooth, de Herman Melville, Valery Larbaud y Georges Perec, respectivamente y, en el cual, hice una primera aproximación al tema, al igual que a otros de mis escritos sobre esos asuntos particulares, el cual es el tema del siguiente capítulo.

Otro ejemplo, de similar precisión e ilustración de herencia por injertos, es el realizado por Thomas Mann, quien en su tetralogía, José y sus hermanos, además de la historia misma narrada en el Pentateuco, toma los personajes originales y los mezcla en su retorta creativa con otros elementos de las mitologías mediterráneas, para crear una obra asombrosa que, al mismo tiempo, trata de interpretar la tragedia que sufrió la humanidad durante la primera mitad del siglo XX.

Pero Thomas Mann no ha sido ni el primero ni el último en inspirarse o en tomar de La Biblia, judía o cristiana, Antiguo o Nuevo Testamento, sus mitos, personajes, temas, tonos, estructuras, etc., como materia prima de sus obras.

Como hipótesis descabellada, La Biblia, al igual que los otros Libros fundadores de las grandes cosmogonías culturales, pueden considerarse como un gran genoma en la que ya están manifiestos la casi totalidad, sino la totalidad, de los genes de la herencia que han marcado la evolución de la historia de la literatura Occidental y, en general, de la literatura universal. Este asunto ha sido ampliamente demostrado por los especialistas, en diversas ciencias, de las culturas y civilizaciones antiguas.

Al fin y al cabo, todos estos grandes Libros, así como las culturas que los generaron, están emparentados, en mayor o menor grado, tanto biológicamente como en el origen y evolución de sus mitologías, cosmogonías y culturas.

Y, un tercer ejemplo, un poco más misterioso y mucho mejor documentado.

En 2002, el profesor Guillermo Sánchez Trujillo, empezó a publicar los resultados de su investigación a la que se dedicó con perseverante esfuerzo por más de veinte años.

Es una investigación que considero precursora y ejemplar para la genética literaria que propongo, porque, al mismo tiempo que logró descubrir "de dónde sacaba Kafka sus historias" (5), lo que había sido su curiosidad inicial, propone la demostración más importante, a la que yo llamaría su hipótesis descabellada:

Demuestra la existencia de las conexiones y las relaciones genéticas, directas y demostrables que se presentan entre Crimen y castigo, de Fiódor Mijáilovich Dostoievski, con El proceso, de Franz Kafka.

Demuestra que Franz Kafka toma de Crimen y castigo importantes materiales para construir su novela, El proceso. Igualmente, establece las líneas de consanguinidad literaria que emparentan a los personajes protagónicos, Raskolnikov y Josef K.

Sobre el tema de la investigación de Guillermo Sánchez Trujillo, Kafka y más con sobre genética kafkiana, he tratado en otros escritos.

En fin, así como lo hacen los estudios de la genética y de la herencia biológica, en el estudio de la evolución y la genética literaria, también debe partirse de la existencia de ascendientes que, a su vez, producen descendientes y que, aleatoriamente en ese proceso, se presentan eventos fortuitos o factores detonantes que desencadenan en mutaciones literarias.

Como lo dijera hace dos mil quinientos años, Heráclito, el filósofo de la naturaleza:

“Nos bañamos en el mismo río y, sin embargo, no es el mismo; somos los mismos y no somos los mismos”.

Será del caso, ahora, emprender un breve viaje por la antigüedad para buscar a los antepasados y descubrir los fenómenos que han afectado el desarrollo de la literatura.

Retrocediendo en el tiempo, vamos a emprender la búsqueda de los ascendientes del genoma literario occidental y de las mutaciones que lo han afectado.

Voy a remontarme al momento en el cual se generan aquellas culturas y obras, a las que, comúnmente, se ha considerado como su fuente y origen.

Se ha dicho y probado que son los poemas épicos de Homero, Iliada y Odisea, en los que nace la literatura de Occidente.

En principio, ello no debiera suscitar discusión alguna, salvo si se piensa que, como en la genética biológica, hubo antes un genoma literario ascendiente que, en algún momento, en circunstancias y condiciones especiales, mutó para crear un nuevo tronco o troncos descendientes.

En uno de esos troncos se producen esos poemas, los mismos que, a su vez, serán la materia prima para las nuevas generaciones y mutaciones culturales y literarias que evolucionarán en los siguientes siglos.

Es necesario, entonces, emprender una exploración, así sea rápida, hasta esos antecedentes griegos de la literatura de Occidente, con el fin de proponer mis hipótesis descabelladas.

Sin embargo, las dificultades aparecen desde el inicio del viaje.

En primer lugar y como lo advierte el helenista de Cambridge, G. S. Kirk (6), parece ser que los griegos tuvieron especial cuidado, no se sabe, si en borrar las huellas anteriores o en conservar de la literatura del pasado sólo aquello que se consideraba perfecto; ellos aplicaron una especie de eugenesia en su cultura y literatura.

Sin embargo, los especialistas de diversas ciencias de la cultura y las civilizaciones han demostrado que nada queda oculto bajo el sol y que tanto la cultura griega como los poemas homéricos están directamente conectados con las culturas y civilizaciones precedentes situadas al Oriente, tal y como lo hace Walter Burkert (7) al estudiar la presencia de la épica acadia, egipcia, babilónica, mesopotámica, sumeria, etc., en la épica griega, en los poemas homéricos y en el surgimiento de la filosofía y las otras manifestaciones culturales en Grecia.

En tal consideración de perfección debieron tener los griegos a los poemas homéricos que, como lo ha demostrado la historia, llegaron a ser de vital importancia para su cultura y su formación como pueblos, pues, a partir de ellos, condicionaron su desarrollo cultural, social, político, religioso y económico, como puede apreciarse en la historia de Grecia y de sus Ciudades-Estado, durante el período que abarca desde el siglo VIII a. C., momento que se considera aparecieron los poemas, hasta el siglo V a. C., cuando se presenta la emergencia de lo que se ha llamado: “Siglo de Pericles”.

Ese será el momento definitivo, ese momento extraordinario, en el que se presentan las circunstancias y condiciones adecuadas para que se suceda una gran mutación cultural y literaria.

Mutación que se manifestará en todos los estratos y estados de la civilización griega, generando una nueva visión de sí mismos y del mundo, la que se pone de manifiesto en la totalidad de su vida y obras.

Son, esa visión y esas obras, las que helénicos y romanos tomaron y luego transmitieron a las generaciones culturales que les siguieron y que se proyectan hasta nuestro tiempo, las que se convierten en portadoras de los genes ascendientes que influirán los desarrollos consecuentes de la cultura occidental, con sus luces y sombras, sus altos y bajos.

Sin embargo, el gen griego no es un gen puro y único, es el resultante de violentas mezclas, combinaciones y mutaciones previas que en él se consolidan y se transforman en generadores y reproductores.

Para explorar estos remotos orígenes, es necesario remontarse más atrás en la historia y buscar aquellos otros genes ascendientes que incidieron de manera determinante en la genética y evolución de la cultura y de la literatura de los propios griegos.

Se sabe que es sólo de los egipcios de quienes se conservan los más antiguos textos escritos de una literatura, narrativa y en prosa, propiamente dicha, diferente a otro tipo de escritos, como los textos religiosos, científicos, administrativos o jurídicos, más comunes en su escritura jeroglífica.

Esas primeras narraciones egipcias en prosa están fechadas en los tiempos del Imperio Medio, veinte siglos antes del año cero de nuestra era y anteriores a otros poemas narrativos hindúes o de las culturas del Medio Oriente y, posiblemente, del Mediterráneo Oriental.

Esas narraciones son los cuentos: La historia del náufrago, La historia de Sinué y El cuento de los dos hermanos.

Esos relatos debieron ser conocidos por los minoicos, quienes mantenían relaciones comerciales con los egipcios antes que los micénicos los conquistaran.

De Minos y ya con la inserción de sus propias "bases" o elementos genéticos literarios, son transmitidos a Troya para influir en el muy posterior desarrollo de la literatura griega, desde Homero y hasta la expansión helénica.

Sobre la civilización y cultura minoica y sus influencias trata el LECTOR LUDI-49 (8) y el Apéndice 1 de este libro.

Brevemente, esa historia está determinada por varias convergencias y conjunciones violentas:

Se conoce que, desde antes a 1600 a. C., el idioma griego comenzó a formarse en la cuenca del Egeo: el Peloponeso, Anatolia y las islas de Creta, Rodas, a partir de las lenguas de pueblos provenientes desde el Asia Menor, el Oriente Cercano y el Norte de África y como consecuencia de migraciones y transculturaciones de grupos indoeuropeos que, a su vez, procedían del norte de Europa y de Asia.

Fue allí donde el griego clásico inició el desarrollo, el que, finalmente, alcanzaría su madurez en la época de la Grecia homérica del siglo VIII a. C., momento en el que, además, convergen los otros desarrollos y las conjunciones de las culturas de los pueblos que, previamente, habitaban la península, el Peloponeso, las islas del Egeo, Anatolia, los cuales fueron unificados bajo el dominio de los aqueos o micénicos, quienes, a su vez, ya habían conquistado a los minoicos.

Igualmente, y para complementar el contexto, estos y otros grupos aportaron, en su expansión imperial, elementos culturales procedentes de las civilizaciones del Nilo, del Tigris y el Eufrates, de Palestina, de los arios del Indo y de los indoeuropeos de la India y, posiblemente, del extremo oriental y el norte de Asia, tales como la escritura sumeria, la organización administrativa de sirios y babilonios, el urbanismo del Indo y China, las ciencias y las literaturas mesopotámica y egipcia, la Biblia judaica y, por supuesto, las mitologías y religiones correspondientes a esas civilizaciones.

Algunas de estas conexiones las documenta ampliamente Walter Burkert, en su libro ya citado, De Homero a los Magos.

Haciendo breve la historia, al anterior conjunto de circunstancias es necesario agregar y destacar la síntesis que la cultura griega hizo de los aportes de la cultura egipcia, no sólo de su literatura, sino también de su mitología, religión, cultura, ciencias y demás componentes.

Primero, a través de sus relaciones con los minoicos (2600-1200 a. C). Minos fue una civilización excepcional: asentada en la isla de Creta que permaneció genéticamente aislada de las demás, ya que sus habitantes no parecen ser de origen indoeuropeo. Civilización que había desarrollado una cultura pacífica y sofisticada, de alto contenido estético y lúdico y con una economía comercial autosuficiente.

Modelo minoico que asumieron, en parte, los micénicos, cuando la absorbieron y conquistaron (2000-1200 a. C.). Los micenicos continuaron manteniendo relaciones con la civilización del Nilo.

Hasta aquí y muy sintéticamente contado, ya están preparadas las condiciones para que ocurra esa primera gran mutación literaria, a la que ya sólo le hace falta el factor detonante: la Guerra de Troya.

Parece ser que la oscura edad media en que se sumen las civilizaciones del Egeo, entre 1200 a. C., cuando los aqueos destruyen Troya y emprenden sus últimas campañas gloriosas y, 800 a. C., cuando se supone aparecen los poemas homéricos, fue el tiempo en el cual se gestó y maduró la leyenda épica de aquellas guerras gloriosas, en la que los dioses, los héroes y los hombres, fueron seres extraordinarios.

Es esa leyenda, inspirada en las épicas precedentes, la que sirve de motivo y da origen a los poemas homéricos, esa poesía épica que se constituye como un nuevo genoma literario mutado (9). Poemas que, también, se convierten en memoria aprendida, repetida y recitada y en motivo de inspiración cultural para la conformación del pueblo griego.

Son también, esos poemas, los que dan origen a una nueva visión del mundo de los dioses y el mundo de los hombres; a nuevas formas de pensar, de vivir, de gobernarse, en fin, a la creación de una nueva poesía, exaltada y lírica, así como a nuevas formas estéticas y artísticas.

Este es, por cerca de dos siglos, el caldo de cultivo en el que se dan las circunstancias y condiciones para que tome forma la gran mutación que se sucede entre el siglo VI a. C. y V a. C. y que da nacimiento a la cultura griega que se denomina clásica.

Esa cultura clásica en la que, literatura, poesía, teatro (tragedia y comedia), filosofía, política, matemáticas, ciencias físicas, medicina, industria, religión, historia, oratoria, etc., alcanzaron la más alta expresión y de la que se derivará la cultura occidental. Por supuesto, tras sucederse otras violentas mezclas y combinaciones, de las que nacerán nuevas generaciones y otras mutaciones.

Las primeras de esas nuevas generaciones y mutaciones comienza ya a gestarse con las conquistas de Alejando III el Magno, en el siglo IV a. C., cuando se propuso concentrar en Alejandría, capital simbólica de su imperio, todas las fuentes y todo el conocimiento esparcido a lo largo y ancho del inmenso territorio que conquistó, desde el Mediterráneo hasta la India.

Si bien Alejandro no sobrevivió para verlo, la Biblioteca de Alejandría y las escuelas que allí se establecieron, dieron origen al helenismo, esa síntesis cultural que fue absorbida por los romanos desde 146 a. C., cuando conquistaron a Grecia y continuaron su expansión por el dividido imperio alejandrino, así como por nuevos territorios en Europa y Asia.

El helenismo obtiene su carta de ciudadanía romana con la primera traducción al latín de la Odisea y otras obras griegas, por parte de Livio Andrónico.

Curiosamente y como anotación relacionada, es también, por misma época, cuando aparecen las precursoras de la novela moderna y de las cuales se conservan, algunas en fragmentos, como son: Nino y Semíramis, quizás la primera, del siglo II a. C. O, íntegras, como Quéreas y Callirroe, de Caritón de Afrodisias del siglo I a. C., y posteriores, Las Efesíacas, de Jenofonte de Efeso; Las Babilónicas, de Jámblico; o la más conocida, Dafnis y Cloe, de Longo, ya del siglo II d. C.

En la cultura romana se inicia la evolución de un nuevo genoma cultural y literario, el cual se va a extender por la cultura latina y del que son portadores, entre muchos otros de gran importancia, Lucrecio, Virgilio, Horacio, Cicerón, Séneca, Petronio, Tácito, Juvenal, en poesía, teatro, filosofía, política.

Genoma que, luego de madurar gloriosamente, continuará evolucionando, luego de la caída del imperio romano, al ser injertado en las culturas que desarrollaron los pueblos que invadieron Europa y que se asentaron allí bajo el poder y la influencia de la iglesia romana y que dan origen sus propias poéticas, de las cuales, hacia el final de la Edad Media, surgirá la poesía y literatura de Petrarca, Ariosto, Dante, Boccaccio, los más importantes entre muchos, quienes se constituyen en las generaciones previas y necesarias para que se produzca la gran mutación de El Renacimiento.

Es pues, en lo que se conoce como la oscuridad de la Edad Media europea, una Edad Media asimilable a aquella que había antecedido a la gestación de la Grecia del siglo V a. C., el período durante el cual se propiciarán las condiciones adecuadas para que se geste esa nueva mutación cultural y literaria, paradójicamente, como el deseo de retornar a las fuentes de la gloria de los antiguos griegos.

Pero, antes de continuar con esa línea de evolución, es necesario demarcar otra línea cultural que también participará en el origen de la gran mutación renacentista.

Es aquella línea que inició en el 323 d. C., con la división del imperio romano y la formación del imperio de Oriente o Imperio Bizantino, en el cual y contra el cual, se va a forjar una cultura árabe, pre y pos-islámica. Esa cultura árabe que se extendió, con la expansión del islamismo por el Mediterráneo y hasta el territorio del al-Andalus, en la península Ibérica, en el 711, y la cual, se supuso, fue expulsada de allí, en 1482.

Es, en aquellos califatos de la península Ibérica, donde árabes, moros, judíos, cristianos, mozárabes, compartieron, con relativa tolerancia, sus culturas y ciencias, contribuyendo al rescate y divulgación de lo mejor de las culturas helenística y latina, junto con los elementos de sus antecedentes sumerios, persas, caldeos y un largo etcétera.

Allí se extenderá la tradición oral de los árabes y la narración pública de los cuentos, como los de las Mil y una noches, fundamentales en la gestación de de la literatura española, de Don Quijote de la Mancha, y de la posterior literatura moderna occidental.

Allí echan raíces, la poesía, la mística, la filosofía, las matemáticas y las ciencias árabes, junto con la medicina y las tradiciones religiosas árabes y judías.

Manifestaciones culturales de las cuales son sus más conocidos representantes: Avicena (980-1037), Abu Bakr ibn Tufayl (Guadix, primer decenio del siglo XII- Marrakech, 1185), Averroes (1126-1198), Maimónides (1135-1204), entre otros, cuya influencia ha sido más que demostrada.

Por fortuna, de alguna manera, los califas hicieron suyo el ideal de Alejandro el Magno y se propusieron rescatar, preservar y traducir, los antiguos documentos griegos, romanos y helénicos, así como los de su propia cultura.

La conservación de esos documentos de la antigua Grecia, Roma y del helenismo, junto con los documentos de las culturas árabes y judías, así como de los nuevos documentos e ideas generadas durante la convivencia de culturas en la península Ibérica, dio pie a que esos conocimientos e información se divulgaran, a través de diferentes vasos comunicantes, por el resto de Europa y, en particular, a la península italiana, para constituirse, así, en una parte de las materias primas que actuarán en la gestación del Renacimiento italiano.

Es, en esa gestación del Renacimiento, donde tiene su origen otra gran mutación. La mutación de la que surgirán: El príncipe, de Maquiavelo; el Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam; Gargantua y Pantagruel, de Rabelais, y toda una nueva literatura, ciencia, filosofía, política, estética, arte, etc., que se extenderán por Europa con sus marcas propias y generando nuevas culturas, salvo en la España del Sacro Imperio, en donde las ideas del Renacimiento serán tratadas de maneras muy clandestina y diferente, luego de la católica expulsión de árabes y judíos, quienes antes habían propiciado aquel ecumenismo cultural, para ser remplazado por el aislamiento y la clandestinidad cultural.

Retornando al hilo histórico interrumpido atrás. Es en el lapso de esa Edad Media europea cuando se presentan particulares desarrollos culturales a partir de sus propias circunstancias.

En principio y hacia el siglo VII, en la alianza de los Papas de Roma con los pueblos francos que habían invadido a Europa y que comenzaban a establecerse y a organizarse, se desarrollan las culturas propias que se consolidan en el imperio carolingio y dan origen, entre muchas otras expresiones culturales propias, a una nueva épica, la épica de los caballeros.

Esta épica caballeresca parece derivarse, como ya se dijo en el capítulo anterior, de la Eneida, de Virgilio, de la cual se inspiran los “Roman”, los mismos que inspirarán, a mediados del siglo XII, la saga artúrica y, con ella, el nacimiento de ese género especial que son las aventuras de caballería, de las que son ejemplos memorables: Amadís de Gaula (1508); la gesta de Orlando o Rolando furioso (1516), de Ariosto, las novelas de caballería, al mismo tiempo que los llamados cantares de gesta que narran, oral y públicamente, las epopéyicas leyendas de los caballeros andantes.

De alguna manera, esta tradición de gestas caballerescas va relacionarse con la más popular leyenda artúrica, compuesta por los relatos del rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda.

Estos relatos artúricos se originan en la Normandía francesa y en ellos se manejan elementos reales y ficticios de la historia de guerras y conquistas entre los sajones de la isla británica y los normandos del continente.

Por la naturaleza de su origen y materia, en los relatos artúricos, además de los elementos de la épica caballeresca europea, se mezclan elementos culturales procedentes del norte de las islas Británicas, familiarizados con las culturas y mitologías celtas y con algunas expresiones de las culturas del extremo norte europeo.

Esta combinación dará origen a la novela de caballería como tal, procedente de fuentes tan remotas como las tradiciones orales de los siglos V, VI y VII, o más cercanas como la Historia de los reyes de britania, de Geoffrey de Monmouth, del siglo XII, de las cuales se inspira la saga artúrica, de Thomas Malory; numerosas obras anónimas y, más numerosas aún, aquellas obras de influencia francesa, tales como, Sir Gawain, El Caballero Verde y otras narraciones del francés, Chrétien de Troyes y las de otros escritores, a finales del siglo XII.

Simultáneamente y a partir de las derivaciones de la poesía lírica latina, los juglares difunden las trovas que enaltecen el modelo del amor cortés, el cual se constituye en una tendencia cultural y literaria de naturaleza y materias propias que, igualmente, influirá sobre la cultura europea y, en particular, sobre las gestas caballerescas y las novelas de caballería, contribuyendo a establecer, como un modelo ideológico, el sometimiento femenino y la marianización católica.

Por los lados de España, la novela de caballería aportará su propia originalidad. Las más conocidas manifestaciones de la novela de caballería española son el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell (1415-1468) y Martí Joan de Galba; el Amadís de Gaula (1508) de Garci Rodríguez de Montalvo y la proliferación de muchas otras novelas de caballería de dudosa calidad y amplio comercio.

Será de la síntesis de estas literaturas de épica caballeresca, de amor cortés y novela de caballería, de la que se generará uno de los elementos necesarios para que se produzca la última gran mutación literaria de la modernidad, como se mostrará más adelante.

Tras la decadencia de la literatura de caballería surgirán algunas de las literaturas europeas: la literatura inglesa de, entre otros, Geoffrey Chaucer (1343-1400), Thomas Moro (1478-1535), William Shakespeare (1564-1616). La literatura francesa de, entre otros, François Villón (1431-1463), François Rabelais (1494-1553). Estas dos literaturas son las más notorias de la época.

Será en la España de los Reyes Católicos el crisol genético literario en la que se mezclen los genomas adecuados y las circunstancias favorables para que se produzca esa última gran mutación literaria de los tiempos modernos.

Las circunstancias y condiciones que provocan esa mutación dentro de la literatura española son:

Primero, el mestizaje árabe-judío-mozárabe (claro que, desde ese entonces y hasta la caída de la dictadura franquista, se ha tratado de extinguir o desaparecer todo lo que se relacionara con ese mestizaje, como sí se tratara de una mancha de familia).

Segundo, la migración cultural que propiciaron los árabes y judíos de las culturas y literaturas griega, romana, helénica y mediterránea oriental, de obras como Gilgamesh y de Homero, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, etc., Virgilio y otros romanos. En fin, una lista interminable.

Tercero, los excesos de la literatura de caballería y su rechazo por parte de la iglesia romana.

Cuarto, la literatura y el pensamiento clandestino del Renacimiento, igualmente reprimido por la misma iglesia romana.

Quinto, la formalización de una lengua y el desarrollo de una literatura propia de esa y para esa cultura, como más adelante mostraré.

Y, sobre ellos, va a intervenir, por supuesto, el evento fortuito o factor detonante que desencadenará la gran mutación: evento que se presentó en la mazmorra de una cárcel española:

Un prisionero, poco común, sueña que su azarosa existencia se transforma, por el arte de su imaginación, de su ingenio y de su escritura, en las aventuras y desventuras de un noble y anacrónico caballero que, lanza en ristre, emprende la aventura de restaurar los valores de la caballería, deambulando, libre y delirante, por los caminos de España.

"Yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones" (10).

Caballero que espera merecer el honor por sus hazañas y el sublime amor cortes de su amada ideal, en el ámbito de unas tradiciones ya olvidadas y motivo de burla.

Lo asombroso, como lo es todo en las mutaciones, es que ese prisionero enlaza su genoma literario con elementos y "bases literarias" de buena parte de las literaturas precedentes, directa o indirectamente.

Por ejemplo, con los elementos de la épica oriental que, del Atrahasis y del Gilgamesh, ya se habían replicado en Homero en fórmulas que les son comunes. Tale el caso del uso de los epítetos a los personajes tan famosos y conocidos de aquellos dos poemas épicos antiguos y que en Cervantes toman la forma de "El ingenioso hidalgo" o "Don Alonso el Bueno", entre otros.

O, por ejemplo, como en las formas de introducción narrativa como lo muestra uno de los casos citado por Burkert:

"Durante los viajes de Gilgamesh, el nuevo día es siempre introducido con la misma fórmula: "apenas la primera luz del alba resplandeció" que recuerda el famoso verso homérico "y cuando, hija de luz, brilló la Aurora de rosados dedos...". Es natural que una narración proceda día por día, pero la utilización de fórmulas estereotipadas para el alba y el crepúsculo, el reposo y la acción, es una técnica específica empleada tanto en el Gilgamesh como en Homero" (11).

Formas a las que Cervantes no es ajeno: don Quijote, como Gilgamesh y como Odiseo, también parte en un viaje en el cual los amaneceres son réplicas de los amaneceres de la antigua épica:

En Don Quijote de la Mancha:

"Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo con el ardor de sus calientes rayos las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie [...]" (12).

Los amaneceres de Don Quijote de la Mancha iluminarán, con mayor o menor luz, muchas de las novelas que de allí descienden, como el caso de parentesco directo entre el Crimen y castigo, de Dostoievski y El proceso, de Kafka, y en los amaneceres y despertares de Raskolnikov y Josef K., que se explica en otro capítulo.

De la antigüedad clásica, la escritura de ese prisionero migra y deriva, por selección natural, hacia la evolución cultural y literaria de su propio ámbito: escribe la historia transmutada de su vida, como si se tratara "de un "raro inventor" (13) de la misma calaña que Sheherezade" (14), para leérselas, en charlas nocturnas o 'asmâr', a sus hermanos de infortunio, al mejor estilo de un narrador profesional morisco, 'qass', de los que conoció en los cinco años de su secuestro en Argel y en sus correrías por la clandestinidad nocturna de los moriscos a quienes, en la España católica, se persigue a muerte y quienes se ocultan para preservar sus tradiciones.

Toda su historia es tan morisca que, el mismo "raro inventor", al igual que aquellos narradores moriscos, corrió el riesgo de ir a parar a las hogueras inquisitoriales.

Esto explicaría la razón por la cual, al inicio de la segunda parte de la novela, diez años después, sea el mismo don Quijote, presa del terror, quien denuncie que ha sido suplantado por parte del cronista árabe Cide Hamete Benengeli, al que es necesario desenmascarar, pues para él, los árabes son

"[…] embelecadores, falsarios y quimeristas", por lo "que la crónica de su vida habrá de ser delirante" (15).

¡Eureka!... y fue escrita la novela que da nacimiento a la novela moderna: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1615), autor, además, de Novelas ejemplares, teatro y poesía, otros géneros literarios de los que, en El Quijote, hay abundantes muestras.

Pero, como en toda gran mutación, todos sus antecedentes y consecuentes son, igual, de gran tamaño e importancia. Para agregar a los anteriores, he aquí sólo algunos de los más importantes:

Quizás el antecedente más significativo, fue la publicación en 1492 de la Gramática de la lengua castellana, de Elio Antonio de Nebrija (1441-1522), y la adopción del castellano como lengua oficial por parte de los Reyes Católicos. Como bien se sabe que en el castellano, descendiente directo del griego y el latín, también abundan las influencias de origen árabe.

Otros dos antecedentes, entre muchos otros, son: la poesía de Jorge Manrique (1440-1479), y la publicación del Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina (¿1499?), de Fernando de Rojas, una novela dialogada, en la que ya se anticipa lo que vendrá.

De ese crisol cultural y literario épico oriental, griego, latino, árabe, judío, caballeresco, "roman cortes", renacentista, etc., nacerá don Quijote y con ellos y él, sus descendientes inmediatos y contemporáneos, también, mayores y numerosos, hasta el punto que, los grandes españoles que de allí en adelante viven y crean, por todo un siglo, han sido considerados como lo que se ha dado en llamar Siglo de Oro Español, el más importante entre otros espurios siglos de oro de esa literatura.

De ellos, los más conocidos de ese dorado siglo: Garcilazo de la Vega (1501-1536), Fray Luis de León (1527-1591), San Juan de la Cruz (1542-1591) (16), Luis de Góngora y Argote (1561-1627), Lope de Vega (1562-1635), Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) y algunos más.

Nunca antes ni después, en un espacio tan reducido del planeta y en tan corto período, se vio tal concentración de genios y obras tan importantes.

La mutación había transmutado el genoma y dado su fruto, para mayor gloria de la humanidad.

Y..., misterios de la genética literaria, sólo hasta finales del siglo XVIII y, durante el siglo XIX, volverán a presentarse las condiciones necesarias para generar otra gran mutación que se le aproxime al tamaño de la mutación española.

Ella se da en la consolidación de las lenguas y las literaturas de los países europeos, situación para la que, previamente, el filósofo alemán, Johann Gottfried von Herder, había conceptualizado un marco universal dentro del cual fuera posible tal explosión cultural y literaria.

Los más importantes creadores dentro de esta mutación, son: Goethe, Schiller, Hölderlin, los hermanos Grimm, Novalis, E. T. A. Hoffmann, Nietzsche, Víctor Hugo, Dumas, Balzac, Flaubert, Stendhal, Baudelaire, Rimbaud, Tolstoi, Dostoievski, Galdós y otro largo etcétera.

En fin, la exploración de esta nueva mutación será motivo para otra oportunidad.

NOTAS

(1). Gérard Genette, Palimpsestos, la literatura en segundo grado, Taurus, Madrid, 1989 (519 p.), p. 9
(2). Harold Bloom, Cómo leer y por qué, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2000 (337 p.), p. 177
(3). Harold Bloom, Cómo leer y por qué..., p. 177
(4) Para consultar LECTOR LUDI-18.
Ver Weblog: http://lectorludi.blogspot.com/
(5) Guillermo Sánchez Trujillo, Crimen y Castigo de Franz Kafka, Anatomía de El proceso, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2002.
- Guillermo Sánchez Trujillo, El proceso, edición crítica, publicado por la Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2005, p. 15
- Guillermo Sánchez Trujillo, El crimen de Kafka. Caso cerrado, La Carreta Editores E. U., Medellín, 2006.
(6). G. S. Kirk, Los poemas de Homero, Ediciones Paidós, Barcelona, 1985.
(7) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega, El Acantilado, Barcelona, 2002.
(8) Para consultar LECTOR LUDI-49.
Ver Weblog: http://lectorludi.blogspot.com/
(9) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega..., p. 17.
(10) Walter Burkert, De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega..., p. 19.
(11) Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Real Academia Española, Bogotá, 2005, p. 697.
(12). Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, Real Academia Española, Bogotá, 2005 (1253 p.), p. 51
(13). Epíteto que se atribuye a sí mismo Cervantes en El viaje del Parnaso.
(14 y 15). Luce López-Baralt, El viaje maravilloso de Buluquiyâ a los confines del universo, Editorial Trotta, Madrid, 2004, p. 12.
La autora demuestra la presencia de elementos de la narrativa árabe en Don Quijote, en especial de las Mil y una noche e Historias de los profetas, como parte de su estudio y versión de la Historia de Buluquiyâ, que también hace parte de la novela de Cervantes
(16). Las relaciones de la poesía mística de San Juan de la Cruz con la tradición mística y poética árabe han sido estudiadas en los seminarios del Centro Internacional de Estudios Místicos, del Ayuntamiento de Ávila, cuyas memorias han sido publicadas por Editorial Trotta, Madrid. Igualmente, la catedrática portorriqueña, Luce López-Baralt, participante de esos seminarios, autora del libro: Asedios a lo Indecible, San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante. Y la catedrática italiana, Rosa Rossi, autora de la biografía: Juan de la Cruz, Silencio y creatividad. Ambos textos publicados por Editorial Trotta.
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